Pero lo hace a su modo:

El papa Benedicto XVI proclamó ayer ante decenas de miles de personas –unas 300.000, según un entusiasta cálculo de los organizadores de su viaje oficial a Alemania– su recelo a excluir a Dios de la teoría de la evolución de las especies que a finales del siglo XIX formuló Charles Darwin y que después la ciencia ha corroborado como cierta. Tras intermitentes aproximaciones a tan controvertida cuestión, que hasta ahora había realizado en círculos más íntimos, el Papa expuso sus reflexiones a los fieles. “Una parte de la ciencia se empeña con tenacidad en buscar una explicación del mundo en la que Dios sea algo superfluo”, protestó. “Sin Dios, las cuentas no cuadran para el hombre, para el mundo y el universo”, prosiguió. Con ese hilo argumental, concluyó que explicar el origen del hombre y la evolución solo desde una perspectiva científica es “irracional”.

Conclusión: lo racional es la fe.

Aunque los comentarios del ex-inquisidor son de niño de teta (de niño de teta apuntado a la asignatura de Religión), sólo cabe contestar a una cosita: dice que “sin Dios, las cuentas no cuadran”. Es posible que fuera así. Eso no quiere decir nada: sin leer el horóscopo yo no soy capaz de decir qué tal me va a ir hoy en el dinero, trabajo y amor. Eso sólo quiere decir que no soy capaz de predecir mi futuro racionalmente, no que el horóscopo sea fiable en absoluto. Si sin Dios las cuentas no cuadran, eso no dice nada a favor (ni en contra) de Dios, sino que anima a los científicos a seguir ensanchando nuestro conocimiento (por ejemplo, ya sabemos que el mundo no tiene 4.000 años: a los cristianos de hace años les cuadraban así las cuentas, sumando las edades de los presuntos ascendientes de Jesús de Nazaret).

Por otra parte, la evolución darwinista permite que las cuentas cuadren bastante bien sin divinidad alguna, pero eso es lo de menos…