Blair y Bush dijeron el pasado jueves que Irak necesita un nuevo enfoque. Sin ruborizarse. Sin dimitir. Sin anunciar que renuncian a forrarse dando conferencias cuando, dentro de un año, no quede ninguno de los conjurados de las Azores en cargo gubernamental alguno. Sin pedir perdón a quienes fuimos calificados de cómplices de Saddam, de amigos de los terroristas, de ingenuos en el mejor de los casos.

Sin entregarse, en fin, a algún tribunal independiente que juzgue los crímenes del trío azoriano.

Pero no han explicado cuál es ese nuevo enfoque. Dado que ya ha habido tres o cuatro ocasiones en que han dado por terminada la guerra (recuerdo así, de cabeza: el día que entraron las tropas en Bagdad -un día después de asesinar a José Couso-; el día que detuvieron a Saddam Hussein; y el día que hubo las primeras elecciones, por llamarlas de alguna forma), es probable que cambio de enfoque quiera decir aumentar los controles informativos, anunciar alguna nueva chorrada que no se pueda meter en los aviones, o mejorar el pavo de nochebuena con que cene Bush con los soldados.

Lo que probablemente no sufrirá un cambio de enfoque es la política de remuneraciones: si Aznar cobra de Murdoch, Ana Palacio del Banco Mundial y Rodrigo Rato del Fondo Monetario Internacional, es probable que Blair, Bush y sus cómplices tengan más que asegurado el riñón y cobrarán ingentes cantidades por los servicios prestados.

Y morirán, ellos también, sin haber sido juzgados.