Si usted es un espía chungo, pongamos de la KGB, y de repente le da por enemistarse con el país para el cual mataba hasta hace poco, es fácil que le pronostiquen una vida corta. Si su muerte es trivial (digamos un par de tiros, por ejemplo) o no original (si, por ejemplo, ya han matado a tres personas con el mismo método que a usted), no pasará de ser un breve en los periódicos que más atención presten a las noticias internacionales. Si le matan usando Polonio 210, provocándole una muerte espectacular, televisada en directo, tiene usted garantizada la fama póstuma durante varias semanas.

Si usted es una periodista, a la que sólo dejan escribir en un pequeño periódico de 7.000 ejemplares de difusión en el que publica noticias incómodas para el Gobierno, no tendría por qué preocuparse por su vida. Acaso peligren las becas, subvenciones y las remuneradísimas conferencias de verano en El Escorial. Pero no es previsible que le mate su Gobierno. Pero si lo hace, deberá seguir la misma pauta que el espía chungo: como le peguen cuatro tiros en su ascensor sin haber perdido el pelo ni nada, una semana después su muerte no le importará a nadie.