Tras haber criticado con energía a otros actores del proceso por cómo lo han llevado (y sólo a ETA por cómo lo ha roto) hay una persona que no ha recibido apenas críticas. Los golpes al Gobierno se los ha llevado sólo (y con cierta justicia, por el personalismo con el que ha llevado el asunto) Zapatero. Pero Alfredo Pérez Rubalcaba entró en el Gobierno únicamente para ser el hombre de Zapatero en Interior, Ministerio que más relevancia iba a cobrar.
Ello obedecía a un gran mito: la supuesta habilidad de Rubalcaba a la hora de pactar, que se habría demostrado en el acuerdo con CiU sobre el Estatut: aquel acuerdo había destrozado los lazos del Gobierno con el mayor grupo parlamentario que le apoyaba (ERC) lo que llevó al Gobierno a su año más conservador, rompiendo a la postre el apoyo del otro socio, IU. Además, el magnífico pacto reventó el Gobierno catalán y a su presidente e hizo visualizar que el referente del PSOE en Catalunya no era el PSC sino CiU.
En el proceso vasco tampoco se conocen las muestras de genialidad negociadora que se le atribuyen. En ningún caso digo que el final sea culpa de Rubalcaba, pero sí que no hemos sabido captar el genio que se supone que irradia este hombre. Posiblemente con Alonso la cosa hubiera salido igual, pero al menos no nos habríamos quedado sin un mito.