Ayer a estas horas empecé a plantear en los comentarios de uno de los textos que he puesto estos días la necesidad de que quienes estamos/estuvimos a favor del diálogo como única salida volvamos a tener voz pública en la calle y recuperemos nuestra capacidad de expresar públicamente nuestro dolor como el que más. Y expresaba mi remordimiento por no haber sido capaces de impulsar desde la calle el proceso al menos en la misma medida en que otros lo censuraban. La voz de la calle de estos últimos meses ha sido la opuesta a la que, según todas las encuestas, era el pensamiento mayoritario de la sociedad civil. Nos hemos entregado a las élites políticas: hemos observado pasivamente. Y planteaba la necesidad de iniciar una cadena de pásalos convocando a una concentración este sábado. Lo planteé aquí y, en privado, pregunté su opinión a una serie de gente cuya postura no puede sino enriquecer mis impulsos: éstos a veces son demasiado optimistas.
Mis principales dudas eran dos: la primera si tal convocatoría podría tener éxito (un fracaso sería terrible y permitiría ser usado por la caverna); la segunda si, en el caso de tener éxito, sería social, ética y políticamente positiva.
En la segunda de mis dudas apenas ha habido divergencias: en los mismos comentarios linkeados arriba se ve lo que han opinado Carlos y Carmen (la estupenda comentarista oficial de este blog) y en otros ámbitos he notado una necesidad vital de hacer algo de una vez. El final del Apunte de hoy de Javier Ortiz resume la postura que tenemos algunos:

“¿Qué se puede hacer? Regreso a las cuestiones de filosofía. Primer punto: aceptemos que hay problemas que, cuando están irremediablemente mal planteados, no tienen solución. Segundo: recordemos que ningún realismo justifica la pasividad. Hay que seguir intentándolo. Por imperativo moral, ya que no por esperanza.”

La primera duda es la que ha planteado más quebraderos de cabeza; de hecho es la razón por la que pregunté por ahí desde que Álvaro me expuso la posibilidad de que partiendo desde una esquinita de la sociedad, en la que estamos, no consigamos más que estrellarnos. De las consultas que he planteado varias de las respuestas han sido, pasadas veinticuatro horas, ninguna. Por la razón que sea (no otorgarme interés a mí o a lo que planteo, no querer disgustarme llevándome la contraria, o simplemente no mirar el correo electrónico durante estas fechas), algunas personas que serían nodos imprescindibles para la convocatoria no me han contestado: no han participado en el primer paso y puede entenderse como síntoma de lo que podría pasar en caso de lanzar la convocatoria. De entre las respuestas obtenidas, una pronostica el previsible fracaso: “esto tiene sentido si lo apoyan las redes sociales existentes. No sé cómo estarán, pero me temo que desmovilizadas (…) Quizá empezaría la cadena sin proponer lugar ni fecha. Sólo planteando ¿No vamos a hacer nada? Y que cuaje la respuesta después de haber rulado un poco. A ello.”

Me quedo con este criterio. Intentar introducir el debate a través de un mensaje que mandaré a un montón de sitios intentando que la gente lo reenvie: intentar generar un debate social, un clima mejor. En unos minutos colgaré el mensaje en el blog, para que los lectores cuyo mail no tenga puedan copiarlo y reenviarlo a sus contactos, colgarlo en sus blogs, etc.

Sólo pido una cosa: que no se cite mi autoría. No porque me esconda (quien pase por este blog -aunque sea buscando el vídeo de Saddam: ¡van cerca de 120 que entran buscándolo!- tendrá fácil descubrir que el primer mail lo mandé yo), sino para que no se personalice en absoluto: para que no parezca que quien lo reenvie está suscribiendo mis ideas, sino que suscribe, únicamente el texto del mensaje. Que es lo que importa. En unos minutos lo cuelgo.

A ver si hay suerte. Si la cosa cuaja, entonces sí estaremos en condiciones de salir a la calle.