Anda don Ricardo últimamente realizando encuestas sobre si tal o cual país es una democracia. En la última le ha toca a España: ¿Es España una democracia? Contesté ayer en su blog con un comentario que a algún lector de don Ricardo no ha gustado: “Hay una anécdota que creo que se cuenta de Unamuno: le preguntaron «¿Cree usted que Dios existe?» y respondió «Defíname creer, defíname existir y defíname Dios y le contestaré». Lo de ‘España’ no hace falta que me lo defina, que mal que bien me hago a la idea, pero lo de ‘democracia’…”

Según el diccionario etimológico de Joan Corominas Democracia viene de las palabras griegas dêmos, ‘pueblo’ y kratéo, ‘yo gobierno’. Es decir, la democracia ateniense era el sistema político en el que el pueblo tomaba las decisiones efectivas: no elegía quién tomaba las decisiones, sino que decidía. Es una evidencia que, por mucho que hayamos tomado la palabra del griego, no hemos imitado el modelo político que definía esa palabra. No ya en España, sino en los sistemas que en el último par de siglos se han llamado democráticos.

No hay un gobierno ejercido por el pueblo. Las viejas excusas según las cuales las sociedades actuales son demasiado grandes como para reunirlas en asamblea han dado paso a argumentos ideológicos. El más claro de ellos lo expuso el pensador conservador Sartori, que expuso en un artículo suyo (‘En defensa de la representación política’) que, del mismo modo que cuando uno tiene una avería en el retrete llama a un fontanero y sabe elegir qué fontanero es bueno y cuál es malo, los ciudadanos deben encargar los asuntos políticos a quienes saben que los van a resolver mejor. Es decir, ven la política como una técnica: no hay ideologías, sino buena o mala capacidad técnica. Elegir un gobierno en democracia es como elegir un fontanero, para Sartori.

El pueblo no gobierna. Eso no lo discute nadie. Se buscan palabras que definan a este sistema político mejor que ‘democracia’. Últimamente ha surgido la palabra ‘poliarquía’, que define un sistema en el que se permite una cierta pluralidad de la cual emergen las decisiones. Sin embargo, no creo que sea el pluralismo lo que definan nuestros sistemas y diferencien lo que llamamos ‘democracias’ de lo que no es llamado así. Más bien diría que la diferencia está en que el pueblo interviene, siquiera tímidamente, en el origen del gobierno: por eso prefiero la palabra ‘demogénia’ para describir estos sistemas (por eso y porque me la he inventado yo: con la ayuda de Ramoncín puedo forrarme), pues son sistemas en los que el pueblo está en el origen del poder político, aunque no lo ejerza.
Así, el pueblo hace algo (votar) que luego será convenientemente cocinado (leyes electorales, constituciones, pactos post-electorales, etc…) pero que es el condicionante original que explica quién gobierna.

¿Sería España una demogenia? Pues habría que verlo: la Jefatura del Estado, indiscutiblemente no es demogenética (es vitalicia, hereditaria y fue diseñada por Franco, no por el pueblo), el parlamento indiscutiblemente sí (tiene su origen en unas elecciones, por mucho que se cocine lo que vote la gente para que salga lo que tenemos), el gobierno en buena medida también (tiene su origen en el parlamento que tiene su origen en las elecciones), la judicatura sólo de forma indirectísima (tiene su origen en unas oposiciones, pero sus altos cargos sí son parcialmente condicionados por parlamento y gobierno, que sí son demogenéticos).

Pero una democracia, indiscutiblemente no: el pueblo sólo decide qué gana y qué pierde en las encuestas de don Ricardo.