Se ha generado un falso debate en torno al canon con el que se gravan los soportes digitales que enfrenta a los consumidores con los autores. La próxima vez que me compre un disco duro me costará doce euros extras. Probablemente será pronto porque el último que me compré está casi lleno de vídeos y música que me he bajado con e-mule. No lo tengo ni para fotos de viajes ni para textos míos (para eso me sobra un lápiz de memoria -o garrapata- de cuatro gigas en el que también llevo ahora mismo dos películas y una canción). Se dice que con el canon se está presumiendo la culpabilidad de todos los consumidores, y es verdad, pero no me puedo quejar, porque conmigo han acertado de pleno: efectivamente uso un montón de medios digitales para disfrutar de series, películas, discos e incluso algún libro que probablemente no me compraría si tuviera que pagar por ellos. Tenemos la suerte de estar viviendo una explosión de las vías para transmitir la cultura que no se había vivido desde Gutenberg. Y eso es una maravilla que en ningún caso debería reprimirse siquiera económicamente, sino potenciarse.

¡Cuántos pequeños grupos serían desconocidos si no hubieran distribuido gratis su material! ¡Cuántos cortos se han propagado por la red con la intención de sus autores de ser vistos por el mayor número de gente posible! ¿Os hacéis una idea de la inmensa alegría que nos entra a los autores de blogs cuando vemos que hay más y más gente que entra a leer lo que escribimos sin pararnos a pensar en que no han pagado por ello, aunque a veces se lleve el mismo tiempo (y más entusiasmo) que muchos trabajos remunerados? ¿Podré cobrar una parte del canon como autor cuya obra se difunde gracias a instrumentos gravados por éste impuesto indirecto? Habría que estudiarlo, pero, aunque pudiera (que no lo sé: se me ha ocurrido según escribía), renuncio a ello porque no estoy en absoluto de acuerdo con el canon y me resultaría un tanto hipócrita pillar cacho (1).

Resulta que efectivamente la tendencia hacia la gratuidad de las formas audiovisuales de la cultura genera un problema: quién paga a los autores. Todo lo gratuito genera ese problema. También se plantea, por ejemplo, con los museos. Durante mucho tiempo el acceso a los museos ha sido gratuito (el British Museum sigue siéndolo, salvo el euro que quienes no lo gasten en la propina del café pueden dejar en la hucha de la entrada). ¿Se les ocurrió imponer un canon a los libros de Historia del Arteentendiendo que quien compra este tipo de libros suelen ser los que acuden a los museos por el morro? No: los museos públicos se financiaban (y en buena medida se financian) a través de los Presupuestos Generales del Estado. Pagamos impuestos y, dado que se entiende que es positivo que se difunda la cultura museística, una parte de ese dinero financia la existencia de museos sin organizaciones privadas intermediarias. Del mismo modo todos los gobiernos han entendido que es positivo fomentar la creación cinematográfica autóctona dado que el mercado de la distribución y exhibición impiden que el cine español sea rentable sin ayudas públicas.

¿Qué problema habría en dedicar una parte de nuestros impuestos a pagar a los artistas de cuyo trabajo se beneficia gratis la sociedad? El canon, siquiera testimonialmente, está castigando la difusión de ese trabajo, pero lo que un Estado amante del arte y preocupado por la cultura de sus ciudadanos debería, precisamente, potenciar la difusión de cuantas formas de cultura aparezcan. Frente a eso: cánones digital y bibliotecario.

Si hubiera voluntad política se podría paliar con gasto público el problema generado en los autores (otro asunto sería cuánto pagar a quién, pero no me he propuesto hoy salvar la cultura mundial del todo). Pero, ay, quedarían sin sustento los burócratas que han montado chiringuitos recaudatorios por hacerse cargo el Estado de los impuestos y no una sociedad privada. También se fomentaría la transformación de todo un tejido económico de intermediarios en otros negocios por la tendencia a la gratuidad de los bienes con los que traficaban. Pero esto, si es un problema, no es un problema cultural ni de derechos, sino económico.

Al fin y al cabo, Gutenberg también arruinó el empleo de miles de amanuenses, que nunca buscaron el sustento en la penalización del uso de imprentas.

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(1) Además, cada vez que veo que alguien difunde lo que escribo no me entran ansias recaudatorias, sino un enorme y vanidoso entusiasmo: veo que los contenidos de Tercera Información (entre los cuales está este blog) están sometidos a una licencia de Creative Commons y me alegro: copiad, difundid y no paguéis.

NOTA: Mientras media humanidad lucha por borrarse de compañías telefónicas y de Internet, yo he sido expulsado de la mía. Tras una semana sin Internet ni teléfono fijo en casa por una avería, ayer me dijeron que no son capaces de darme estos servicios (a pesar de que llevaban cuatro años prestándomelos en la misma casa) y, por el artículo 14.c) del contrato que firmé, han dado por cancelado el contrato: no me van a cobrar diciembre, eso sí. Como para darme de alta en la compañía me deshice completamente de mi relación con Telefónica, ahora no me puedo dar de alta en ninguna otra compañía pues todas usan las líneas de Telefónica. No os aburro más: no voy a tener conexión a Internet en casa durante unos cuarenta días, por lo que algunas mañanas no podré publicar hasta las 9 (hora en que llego al trabajo) y otras publicaré a las 7 de la mañana porque habré escrito el texto la tarde anterior, dejando programado el blog para su publicación a las 7 del día siguiente. El de hoy es un ejemplo: estoy escribiendo a las 19:45 de ayer, por lo que si en estas 12 horas pasa algo importante no tendréis mi imprescindible reflexión hasta el día siguiente.  Espero que sepáis vivir con ello. A mí me va a costar.