Pocas veces hay que discutir la muerte inesperada de un canalla como Haider, pues los canallas suelen morir cuando se lleva mucho tiempo esperándolo (sobran ejemplos pasados y presentes). Cuando sucede así en casos como el de Haider el sábado (piñado en coche tras una fiesta de ultras yendo a gran velocidad -a los fascistas del siglo XX también les entusiasmaba la velocidad-) o en el vuelo de Carrero Blanco, suele haber una discusión que se ha abierto estos días: ¿sirve de algo?

La discusión se centra en el principio marxista que describe ceronegativo:

No creo que las individualidades sean determinantes en el curso de la Historia. La Historia la escriben las clases, los pueblos… los grandes colectivos.

La idea viene a ser que Haider podía merecer con justicia todos los adjetivos que se nos ocurran, pero su ascenso no se debía a su figura, sino al caldo de cultivo afascistado en Austria, que permitió el peso sostenido de la  ultraderecha liderada en parte por Haider.

En general, los personalismos en positivo son poco relevantes pero en negativo pueden llegar a ser cruciales: es rara la causa que emerja sólo gracias al carisma personal de un líder, pero sí que hay personas capaces de cargarse la causa que supuestamente defienden. En cierta forma es el caso de Haider, cuya pelea personal con otro líder de la extrema derecha austriaca tenía a ésta dividida; acaso en España la extrema derecha que busca su hueco fuera del PP podría haber tenido más protagonismo si no hubiera sido liderada por un matarife yonki.

Pese a la máxima general la influencia en el auge de algunas posiciones de determinados líderes (de las más diversas opciones: aberrantes y estupendas) parece innegable: conforme se va viendo la decrepitud personal de Le Pen, el Front National va perdiendo peso electoral pues el Front National era Le Pen (aceptando que sin unas condiciones sociales su mensaje ultra tendría que haber tenido otros ingredientes). Posiblemente toda causa caudillista tenga capacidad para generar un caudillo: el carisma es una construcción social. En España hemos visto cómo se generaba un líder carismático de quien pocos años antes presumía de no tener carisma, de ser un hombrecillo normal, un mediocre: hoy Aznar es un intelectual de los de media melena y un estadista de los de pies en la mesa y bomba contra el enemigo.

Sin irse al eje del mal, parece evidente que figuras personales como Hugo Chávez o incluso en su momento Julio Anguita (que fue el político más valorado en España) eran imprescindibles para la difusión de sus proyectos: ello no es una virtud, sino una muestra de una cierta incapacidad colectiva para poner cimientos más sólidos, pero a los efectos del liderazgo, que es lo que se discute, muestra que no es verdad que las figuras personales sean siempre prescindibles (¿cuánto duraría la Venezuela bolivariana si se consiguieran cargar a Chávez?).

Confieso que no sé dar recetas mágicas al respecto. Me atrae la idea de que los dirigentes son perfectamente intercambiables; también resulta apetecible llevarse una alegría (y la desaparición de la extrema derecha austriaca por un golpe de suerte lo sería). Pero da la impresión de que para cualquier posición maximalista que se presente al respecto siempre habrá suficientes contraejemplos que la refuten. Que no hay una doctrina general, vamos, sino casos distintos a interpretar en concreto (en su especificidad, que diría un tertuliano). Y a falta de soluciones mágicas, quien quiera esbozar una sonrisita ante el final de Haider que no se prive, que no hay tantas ocasiones para estar alegre.