Uno de los espacios que más defiendo de los que han surgido en Izquierda Unida es EnConstrucción. En ese espacio hemos reiterado varias veces que tenemos voluntad de que el método democrático y participativo y la defensa de la democracia radical que hacemos debe calar poco a poco: no lo conseguiremos ‘imponer’ mediante votaciones, presentación de listas, etc… Un compañero al que han descubierto como representante de ‘la vieja IU‘ y crispador (sorprendiendo a quienes no conocemos su  asombrosa doble vida) suele utilizar el concepto gramsciano de hegemonía: uno tiene hegemonía si las ideas que propone van calando en la sociedad y pasan a formar parte del paradigma intelectual colectivo. El instrumento para conseguir este tipo de hegemonía es la seducción con el ejemplo, no la acumulación de delegados. De ese concepto se alimenta la práctica de EnConstrucción: de la propuesta y la práctica de la democracia y el respeto al otro y a la otra como camino hacia su hegemonía en Izquierda Unida.

Si la asamblea federal que Izquierda Unida afronta  en Noviembre sale bien, de ella saldrán muy poquitos vencidos. Sería impensable una Izquierda Unida gobernada en conjunto por un 51% de la organización. Ya se ha demostrado la ingobernabilidad de tal ‘victoria’. La hegemonía a golpe de mayoría sólo sirve como camino hacia la derrota colectiva.

En cambio, el transcurso de los meses desde la debacle electoral sí deja dos hegemonías de las que se fraguan en las bases y que permite entender algunos movimientos. No parece una locura pensar que el ‘espíritu’ del manifiesto ‘Y ahora las bases‘ (publicado diez días después de las elecciones y entre cuyos autores estaba el compañero crispador y antiguo, por cierto) está en el origen de cierta rebeldía que mucha gente cree detectar en las bases de Izquierda Unida en contra de las diferencias basadas en adhesiones familiares que obvian los debates políticos más importantes. La respuesta más evidente desde algunos sectores de las cúpulas de las tres propuestas organizadas es una llamada a una paz de los cementerios: listas únicas y marginación de la política. Frente a ello, la apuesta de otros es la centralidad de la política y la generación de un acuerdo amplio de los elementos mal llamados pre-políticos (la apuesta por la democracia interna es Política, pues no hay apuesta por la democracia en la sociedad si no se apuesta por la democracia hacia dentro). Que haya quien se apropie de las llamadas a la unidad como forma de definir el cierre en falso, sin gritos y con reparto cómodo de puestos muestra la hegemonía de aquel discurso, como el hecho de que la ultraderecha se defina como defensora de la ‘libertad’ señala la victoria de quienes desde sus antípodas lucharon por la libertad y la emancipación sin juegos de palabras: necesitan apropiarse y manipular un concepto porque es tan hegemónico abajo que no cabe luchar contra él salvo utilizándolo para nombrar otra cosa. Las ideas defendidas en aquel manifiesto eran suficientemente generales, así que es posible que no haya tenido ninguna incidencia en ese clima actual que todo el mundo parece detectar. Pero esas ideas, sin derechos de autor, son hoy hegemónicas en IU.

Otras propuestas que hubo aquellas primeras semanas posteriores a las elecciones tienen autorías concretas y su incorporación al imaginario colectivo en las bases de IU muestra una penetración hegemónica mucho más importante que las coyunturales mayorías en órganos y asambleas. Son propuestas que dos compañeros lanzaron, que son concretas y que hoy muy pocos en IU se atreven a discutir en alto, pues han pasado a formar parte de lo que casi todos imaginamos como parte de la democratización de Izquierda Unida. Si el eje ‘cambio-conservadurismo’ se puede aplicar a los debates que vivimos en IU, el cambio lo representan las posturas democratizadoras: llamo cierre en falso a todo acuerdo que se produzca en Noviembre (lo traiga quien lo traiga) y que ponga la pacificación por delante de la democratización. En todas partes y también en IU esas posturas las ha representado siempre el conservadurismo.

La primera (en cuanto a eco mediático) de esas propuestas que ponía el foco en la democratización de Izquierda Unida la  lanzó Julio Anguita en el famoso documento Anguita. Fue en este documento en el que por primera vez se pusieron cifras a la renovación de órganos de Izquierda Unida: en la primera fase un 50%. Ese porcentaje es hoy asumido, al menos de boquilla, por cúpulas y bases en casi todos los ámbitos ideológicos y geográficos de Izquierda Unida. Nadie hace ya referencia al documento Anguita, pero una relectura en las semanas inmediatamente previas a la asamblea puede hacer ver el calado de la hegemonía moral que tal documento representa. Otro problema es que (casi) todo el mundo pida que se renueve el de al lado y no uno mismo o se filtren candidaturas a cargos de compañeros o compañeras de mucha y muy reconocida valía, pero que llevan varios lustros en primera fila política. Pero, al menos en términos abstractos, la propuesta de Julio Anguita ha sido aceptada por quienes hablan en público sin mencionar la autoría (que es como funcionan las ideas cuando realmente han calado).

En la propuesta  de Julio Anguita se proponía que en la segunda fase se renueve al menos el 25% (el 50% de lo que no se renovó en la primera). Ahí está presente la idea de una asamblea en dos fases que hoy es prácticamente objeto de consenso. Las dos fases en las que se intentará la refundación de Izquierda Unida, empero, no surgen del texto de Anguita. No sé si se había planteado en algún sitio antes, pero la puesta en circulación de tal propuesta se produjo el 17 de marzo (ocho días después de las elecciones) en una entrevista a Enrique Santiago en Rebelión:

IU no necesita un coordinador o coordinadora general en este periodo, al menos hasta que el proyecto se haya revitalizado, máxime sabiendo que hasta dentro de tres años no afrontaremos el primero de los grandes retos electorales futuros: las elecciones municipales y autonómicas. Parece conveniente apostar por un órgano de coordinación colectivo que asuma las tareas de la coordinación general, al menos durante un periodo prudencial que concluya, más o menos en un año, en otra Asamblea Federal que evalúe el proceso de reconstrucción emprendido.

La lectura hoy de aquella entrevista vuelve a refrescar qué ideas democratizadoras han generado consensos (insisto: de boquilla o sinceramente; a estos efectos, sólo a éstos, da igual). La dirección colectiva y colegiada y la asamblea en dos fases es defendida por primera vez en esta entrevista y hoy es asumida por muchísimas personas de diversas procedencias iuseras. En el resto de la entrevista también se señalan alguno de los peligros a los que nos sometemos por parte de propios (yo mismo utilicé la entrevista como forma de llamar la atención sobre la necesidad de releer la entrevista a principios de julio) y extraños (el título de la entrevista “no hay unidad sin cambio; no hay cambio sin unidad” señala el riesgo al que nos asomamos en estos momentos de paz).

Esas medidas democratizadoras son hoy parte del discurso hegemónico del cambio necesitado por IU (del discurso, ojo; de la práctica de momento no). Y no parece que el cambio en IU haya tenido empujones más fuertes que las propuestas concretas que vayan a modificar sustancialmente a Izquierda Unida. No es hora de líderes carismáticos, sino de democracia interna y por lo tanto sería un error interpretar este texto como una propuesta de líderes, tan poco interesante. Sí, en cambio, es el de la reivindicación de la propuesta rupturista, democrática y hoy hegemónica hecha por algunos compañeros sin los cuales apenas habría habido proyectos definidos para el futuro de Izquierda Unida. Esa hegemonía no tiene por qué plasmarse en una suma de candidatos del 51% (¡maldita solución!) ni en un absurdo ‘copyright’ al que hago referencia por mera justicia, sino en la defensa por parte de los militantes del cambio verdadero, de abajo hacia arriba, de las estructuras que necesitamos para poder proponer un cambio idéntico en la sociedad.