Si Sofía, alias Sofía de Grecia (aka Σοφία Μαργαρίτα Βικτωρία Φρειδερίκη Γλίξμπουργκ), se hubiera entrevistado con Pilar Urbano en los años 60 se hubiera mostrado tajante sobre las marchas en defensa de los derechos civiles de los negros en Estados Unidos. “Puedo comprender, aceptar y respetar que haya personas con otra raza, pero ¿que se sientan orgullosos por ser negros?” habría dicho “Si todos los que no somos negros saliéramos en manifestación… colapsaríamos el tráfico“.

Es el eterno discurso de quienes quieren mantener la dominación de un colectivo sobre otro: sean los blancos sobre los negros, los hombres sobre las mujeres, los heterosexuales sobre los homosexuales, la patronal sobre los trabajadores, incluso los católicos sobre los ateos… Toda identidad colectiva, se dice, es mala: tanto la opresora como la oprimida, así que cada uno a su casa y a pensar en otra cosa. Pensar en otra cosa es la mejor forma de que todo siga igual. Por eso el machismo utiliza frases como que ‘tan malo es ser feminista como ser machista‘, dando por hecho que la defensa de los derechos de la mujer no busca la igualdad, sino una supremacía femenina tan injusta como la actual supremacía del macho: ‘yo no soy machista ni feminista’ explica Σοφία a su amiga del Opus. Mejor dejar las cosas como están, que caer en otra injusticia, claro. Es evidente la falsedad de ese discurso, que se esconde bajo frases que quedan muy respetuosas y muy igualitarias, pero que es simplemente una defensa del mantenimiento del statu quo. ‘Una cosa es el laicismo positivo y otra el anticlericalismo radical’ se dice desde el mismo modo de razonamiento: en cambio ese laicismo positivo y el confesionalismo estatal de facto sí que son lo mismo.

El orgullo blanco, el orgullo masculino, el orgullo heterosexual, el orgullo católico… no necesitan reivindicación en la calle. Son todos colectivos que ya imponen formal o informalmente su dominación e incluso su legislación. Cuanto menos desfiles de orgullo dominador se hagan ver, mejor, porque levantarán menos iras entre los colectivos discriminados. ‘Dejémoslo estar‘ es siempre la frase del poder, la frase contra la que debe reaccionar quien se oponga al poder. Una de las estrategias más útiles para emanciparse, para sacudirse la dominación, es la generación de identidades colectivas de las que sentirse orgullosas y orgullosos y por las que luchar colectivamente. Son identidades colectivas útiles para la emancipación y peligrosísimas para la dominación. Y por eso ridiculizadas por gente tan profesional del poder como la reina consorte.

La posición de la reina es muy comprensible. Una institución tan absurda e irracional como  es la monarquía sólo puede basarse en la ausencia de toma de conciencia de quienes están abajo. Necesariamente tendrá que ridiculizar todo orgullo de los que son discriminados, para que no se cuestione a los que están arriba.

Desde luego, no cuestiona el día del orgullo militar con la excusa de que si todos los que estamos desarmados saliéramos a la calle colapsaríamos el tráfico. Porque el poder está orgulloso de su posición, ¿a qué negarlo? Pero sólo exhibe el poder cuando la exhibición es la forma de perpetuarlo.

Nos habían dicho que la reina es inteligente. Pero Forrest Gump nos enseñó que quien dice tonterías es tonto.