Ahora que ha sido elegido presidente de los Estados Unidos, Barack Obama tendrá que elegir a quién decepcionar: a quienes le votaron o a quienes le financiarion. Tanto el apoyo electoral como el financiero han sido impresionantes: a esta hora, con 59 votos electorales por adjudicar, Obama ya tiene 338, casi 70 más de los necesarios gracias a que ha ganado en estados de honda tradición republicana como Virginia, por ejemplo (¿o es que yo no puedo dármelas también de experto en geografía electoral estadounidense?); durante la campaña obtuvo una diferencia de fondos económicos tal, que McCain sólo pudo contestar con bromitas ñoñas.

El problema está en que probablemente el entusiasmo de los electores y el de los financiadores tengan sentidos opuestos Es evidente que las empresas que han financiado a Obama lo han hecho para que las cosas mejoren para sus intereses, pero sin que cambie lo fundamental de la economía y la política exterior estadounidense: que sigan ejerciendo de metrópolis del capitalismo imperial, pero con un poco más de suavidad para que no se solivianten las fieras. En cambio, los votantes no le eligieron con ese entusiasmo para que fuera simplemente un presidente demócrata típico: para conseguir otra administración Clinton lo hubieran tenido más fácil con Hillary Clinton. La riada de votos que parece haber fraguado Obama obedece a que mucha gente tradicionalmente escéptica se ha creído que efectivamente Barack Obama traerá algún tipo de cambio importante.

Por no ser aguafiestas, habrá que reconocer que es un alivio que los votantes estadounidenses hayan mostrado que una presidencia como la de Bush sólo merece su derrota y la de todos los suyos. Es una constante histórica que quienes más enfangan a sus países e instituciones pretendan que los suyos son quienes traerán el cambio: es lo que prometía McCain, como lo prometió Felipe González en 1993 (¿os acordáis de ‘el cambio del cambio’?). Afortunadamente los estadounidenses no se lo han tragado. Ojalá fuera éste el inicio de una tradición según la cual los presidentes que lanzan genocidios pierden las siguientes elecciones (aunque en el caso de Bush ha habido que esperar cuatro desgraciados años de más): sería un comienzo de algo demasiado nuevo como para que lo esperemos.

Barack Obama tiene varias virtudes que podrían hacernos pensar que la decepción va a ser para quienes financiaron su campaña. Es un presidente con escasa experiencia en los entresijos de la política estadounidense, por lo que probablemente esté menos maleado por los vicios antidemocráticos de la misma. Entre su escasa experiencia está el haberse opuesto casi en solitario a la invasión de Irak: como en España, en Estados Unidos a quienes se oponían a los bombardeos sobre la población  iraquí se les llamaba antiamericanos, algo que allí es un poco más duro. Decidió mantener su posición digna y, entonces, impopular y algo tan insólito en la política (estadounidense o no) le hace ganarse el margen de la duda.

Esperemos que efectivamente Obama impulse un cambio sustancial en Estados Unidos: sabemos que no va a comandar una revolución bolivariana, pero tampoco parece que sea ése el cambio que se espera de él, sino más bien que deje un reguero de sangre menos generoso. Como dijo el Caudillo en una histórica ocasión, no hay mal que por bien no venga. Si Obama decide, como prácticamente todos sus antecesores, que no se puede decepcionar a quienes ponen la pasta, estará empujando a Estados Unidos hacia el final definitivo de su hegemonía mundial: porque habrán quemado hasta la esperanza de cambio.