Decidieron ayer los veintisiete gobiernos de la Unión Europea, sin que se conozca discrepancia alguna, que el gobierno irlandés se tiene que meter a su pueblo por donde le quepa, como hicieron todos los demás gobiernos europeos. Como quedaría feo saltarse la constitución irlandesa con descaro, así que lo que hay que hacer es lo que voten hasta que aprendan lo que hay que votar. Hasta que voten lo que mandan los que mandan. La democracia bien entendida consiste en dar la razón al poder. Es lo que entienden quienes asignan títulos de demócrata o autoritario no en función del sometimiento al pueblo, sino en función del sometimiento a los poderes reales.

La Unión Europea es cada vez más evidentemente un tinglado puesto al servicio del capitalismo más canalla frente a los pueblos de Europa. En los últimos meses sólo se han tomado dos grandes decisiones: regalar miles de millones de euros a los bancos (en un modelo radicalmente contrario al intervencionismo en la economía) y hacer que los irlandeses se desdigan de su votación.

Esto último no sucede por primera vez, sino que es la eterna cantinela a la que nos tienen acostumbrados los trileros. Dinamarca votó ‘No’ a Maastricht y se le hizo repetir la votación hasta que dijera que sí; Francia y Holanda votaron ‘No’ a la Constitución Europea y les metieron el Tratado de Lisboa con el mismo contenido sustantivo para que no hubiera que someter a la decisión del pueblo la rectificación. Nunca se ha repetido un referendo con ‘síes’ por los pelos. El único ‘No’ que se ha respetado es el noruego, probablemente porque lo respetable no es el pueblo noruego, sino su petróleo.

Si alguien quiere avanzar en la construcción europea, si alguien quiere que llamar demócratas a los gobiernos que revientan sistemáticamente la voluntad de los pueblos deje de ser un chiste sólo tiene un camino. Convocar unas elecciones democráticas a cortes constituyentes europeas. Elaborar con la legitimidad de origen que tengan esas cortes (algo muy distinto de las comisiones de notables que han elaborado todos los textos hasta ahora) una Constitución democrática y social que defienda a los ciudadanos y ciudadanas de Europa. Y someterla a referendo en toda Europa. Y si no el pueblo no la aprueba volver a convocar unas nuevas cortes constituyentes que comiencen de cero el mismo camino hasta que den con el marco que la ciudadanía europea desea adoptar. Con ese itinerario la legitimidad del avance sería sustantiva y muchos de quienes nos hemos opuesto al modelo de construcción europea nos podríamos sentir cómodos y apoyar tal proyecto.

Ocurre que tal itinerario es el que propondría un partidario de construir una Europa para sus ciudadanos, internacionalista, democrática y que garantice derechos para los trabajadores europeos en vez de aprobar directivas extravagantemente decimonónicas. Una Unión Europea que uniformara los derechos y deberes fiscales, sociales y laborales desde y mediante la legitimidad democrática sería recibida con entusiasmo por gran parte de los pueblos a los que tanto asco tienen en las cumbres europeas. Pero los que controlan la Unión Europea están mucho más cómodos en una Europa de burócratas y grandes empresarios, de las cumbres chanchulleras y antidemocráticas. De momento estamos, entre otras cosas, ante una pugna dialéctica entre los pueblos y sus gobiernos.