Una de los efectos más llamativos de la masacre que está perpetrando el gobierno de Israel contra la población de Gaza es la doble moral con la que mucha gente afronta la matanza de unas quinientas personas (de momento) previamente encerradas en un ghetto. Uno puede llega a entender, que no compartir su posición, a la población israelí: los vínculos que puede generar una identidad colectiva como la nacional superan con mucho lo racional y si el ‘nosotros‘ es suficientemente sólido y visceral es capaz de justificar cualquier cosa: “Si mi hermano atropella a una vieja, algo habrá hecho la vieja“. Con todo, hay cerca de un 20% de israelíes que rechazan la matanza perpetrada por su gobierno: destaca entre ellos la izquierda real israelí con su Partido Comunista a la cabeza, por lo que la capacidad de explicar intelectualmente el apoyo de algunos israelíes a los crímenes de su gobierno anda lejísimos de justificar éticamente tal posición.

En cambio, con la frialdad que debería permitir una cierta distancia deja perplejo a cualquiera la malla de complicidades, sutilezas y mezquindades que intentan equiparar, contextualizar y en última instancia justificar el criminal asesinato de quinientas personas por parte de una de las potencias militares más poderosas del mundo (y, por cierto, poseedora -ésta sí- de armas de destrucción masiva). Uno se lo podía esperar de quienes apoyaron una masacre de parecida categoría ética: el bombardeo y ocupación de Irak. El esquema es el mismo: cuando el poderoso machaca al débil, me pongo al lado del poderoso, que siempre es más rentable. Es lo que han hecho muchos gobiernos, singularmente el de Estados Unidos (el saliente y el por llegar, el de Mr Change); es también lo que ha hecho el presidente checo, que ejerce de presidente de la UE con mucha menos legitimidad democrática que la que tiene Hamas en Gaza, calificando el bloqueo de víveres, el bombardeo y la invasión como operación ‘defensiva‘.

Rizando el rizo nos venimos al suelo patrio. Aquí estamos acostumbrados a la mayor de las exigencias en cuanto a la contundencia del lenguaje, la ausencia de matices y el prietas las filas si se trata de aboManos blancasrdar la violencia. ¿La violencia? No, sólo la violencia de ETA. Estos 500 asesinatos apenas han merecido el calificativo de desproporcionados por parte del PP (de una parte oficial del PP: muchas de sus filas y todos sus medios afines están apoyando el genocidio), mientras en el PSOE se ha rechazado la matanza pero equiparándola a los cohetes artesanales asumiendo la idea de que hubo provocación y negándose a avalar la repulsa al genocidio (aquí en cambio, uno es consciente de que los medios afines y las bases del PSOE tienen una posición generalmente decente, aunque la lectura de algún blog socialista pueda aterrorizar). UPyD, por supuesto, calla: no es su tema y tal. Por una vez hay que señalar que la única fuerza política estatal que está espontánea y decentemente unida por el cemento de unos sólidos principios que unen a militantes, cuadros y dirigentes es, oh milagro, Izquierda Unida. Si a la violencia de Israel (causante en nueve días de más la mitad de muertos generados por ETA en cuarenta años) se le midiera con el mismo rasero que a otras violencias, Izquierda Unida ganaría las próximas elecciones por la ilegalización de todos sus oponentes.

Llevamos demasiados años permitiendo que miserables morales nos den lecciones de ética, de principios, de derechos humanos, de democracia… a cuento de la violencia de ETA. En cuanto aparecen otras violencias incluso más terribles como es el caso salta a la vista que los emperadores y las emperatrices están desnudas. Vemos con facilidad que todas estas voces se oponen a que sus enemigos ejerzan la violencia, pero legitiman la misma si se ejerce por parte de sus amigos. Han repetido demasiadas veces la tontería según la cual quien comparte los fines de los violentos comparte sus medios: y se la han aplicado ellos mismos asumiendo los medios empleados por sus violentos.