Personajes como Bush o Aznar sólo son buenos para sus sucesores. Durante muchos años Zapatero ha vivido metido en una burbuja: tras los horrores de Aznar, las cobardías, los errores y las mezquindades que pudiera cometer su sucesor siempre merecerían una cierta comprensión. La desaparición del mapa de George W. Bush hace que cualquiera que venga a sustituirlo parezca un revolucionario utópico cuya mera presencia tenemos que festejar como si todos fuéramos ciudadanos de una Villar del Río global.

Poco sabemos de las ideas políticas de Barack Obama. Sabemos otras cosas. Es negro, lo cual es una magnífica noticia: es positivo, cómo no, que un negro pueda ser presidente de Estados Unidos de América, como hubiera sido genial constatar que una mujer también puede serlo. Será una buena noticia que un gitano o una mujer (¡o incluso una gitana!) presidan el gobierno español. Sin embargo eso se agota con la propia elección, con la propia demostración de que ser una minoría sociológica no impide ser elegido: pero una vez demostrado eso queda el gobierno efectivo.

¿Las ideas? Nada. Sabemos que apoya la línea de Bush en lo económico y sus recetas para que los banqueros resistan la crisis. No sabemos qué opina sobre el genocidio perpetrado por Israel (hasta hoy tenía una burda excusa para callar; ¿qué dirá ahora? ¿que como hay un alto el fuego no conviene hablar del terror generado?). No sabemos nada y sin embargo aparecen ya libros cuyo subtítulo explican que Obama “cambió la Historia”. ¿Todavía no ha sido nombrado y ya ha cambiado la historia?

Hasta ahora Obama pertenece a la nueva escuela política que en España representan Gallardón y Zapatero: llamemos a esta escuela ‘retoricismo’. Uno puede invitar a  Al Gore a hablar de cambio climático en Madrid tras haber arruinado a esta ciudad para hacer una autopista que fomente aún más la circulación en coche; uno puede pedir a Israel que deje de bombardear Gaza sin dejar de vender a Israel las bombas que lanza… De Obama conocemos la retórica, de bella sonrisa, pero no ha aprovechado todavía más que una oportunidad para mostrar que es diferente.

Esa oportunidad, sin embargo, sí permite tener un punto de optimismo. Cuando toda la casta política estadounidense apoyaba a Bush en sus criminales planes contra Irak, Obama fue una de las pocas y desconocidas disidencias. Ese es el único motivo sólido para tener confianza en él: que ha habido un momento en su vida en el que fue distinto, que es mucho más de lo que se puede decir de todos sus antecesores.

Sin embargo, si hoy se consuma su investidura tendremos el más claro motivo para pensar que nada fundamental va a cambiar: si le han dejado ser presidente, es que es de los suyos.

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Nota: Pasaos por A sueldo de Moscú y, si tenéis a bien, suscribid una campaña de Amnistía Internacional que allí se explica urgiendo a Obama a un mínimo respeto a los derechos humanos.