Durante los últimos días he tenido la gran suerte de participar en un curso para observadores internacionales en procesos electorales. Entre otras cosas se nos enseñaba a detectar carencias, faltas de limpieza, de equilibrio entre candidaturas, asimentría en la financiación, intimidación al votante, desequilibrio mediático… para ir a democracias no consolidadas (o incluso no democráticas) a observar y comprobar si las elecciones han sido lo limpias que deberían.

Una de las curiosidades del curso es que sobre muchísimos de los potenciales fraudes podíamos encontar ejemplos en países occidentales, incluso en España. Nos comentaron, por ejemplo, que en algún sitio habían observado las cabinas de votación frente a una ventana, con lo que se podía observar desde fuera qué votaba cada quién. Sin embargo, en España las cabinas son un mero adorno: nadie las usa, no existe intimidad para el voto, por lo que quien usa las cabinas muestra querer votar algo muy distinto de lo esperado (a modo de anécdota, fue lo que hizo Rosa Aguilar cuando quiso que todo el mundo supiera que votaba al PSOE: llegó al colegio electoral cogió la papeleta del senado y se metió en la cabina para exhibir su intimidad). En otros casos la gente trae la papeleta de casa, lo que facilita que sea el padre de familia quien haya decidido el voto común.

No hace falta hablar de los medios de comunicación. ¿Vamos a criticar la poca pluralidad mediática quienes vivimos en Madrid, con su televisión autonómica y las licencias de radio y TDT otorgadas a medios que van desde la extrema derecha a la derecha integrista? Tampoco de la financiación, en el país de Naseiro, Filesa y Fundescam mientras a otros les ahogan las deudas.

El hecho de que en un país africano detectaran una mayoría electoral de Extremadura Unida en Arévalo (Ávila) y que en el colegio donde vota María Teresa Fernández de la Vega no aparezcan votos del PSOE pero sí muchos del POSI sería objeto de bastantes risas paternalistas: estos negros son unos chapuceros.

Ello por no hablar del sistema estadounidense. O de ese paraíso de libertad en el que se va convirtiendo Italia.

Pero las anteojeras de superioridad que muchos se ponen nos impiden ver la paja en nuestro propio ojo. Cuando ayer nos comentaron la limpieza del voto electrónico en Venezuela hubo quien explicó para qué lo hacía Chávez “Yo creo que lo hace para fastidiar aún más a la oposición y amordazar sus críticas“, vino a decir una compañera del curso. Si un rojo sudaca implanta un sistema electoral limpio es por fastidiar. Si en una democracia consolidada hay mil carencias son pequeñas chapuzas que no pueden desacreditar el sistema.

Además de dar lecciones al mundo sin permitir que venga nadie a observar nuestras posibles carencias, deberíamos cantar ese grito tan humilde: “Y si somos los mejores, bueno ¿y qué?“; salvo por la sospecha de que ya lo haya registrado algún intrépido socio de la SGAE.