Las versiones más sólidas sobre el 23-F dicen que el fracaso del golpe se debió a la extravagancia de la entrada de Tejero en el Congreso. El golpe iba a ser una cosa elegante, casi inmaculada, planeado por gente cercanísima a la Zarzuela como Milans del Bosch y, sobre todo, Armada. Si se ejecutaba con limpieza se conseguiría un cierto consenso en torno al general Armada, que sería apoyado por la corona y por personas relevantes de varios partidos y con el silencio cómplice de la embajada estadounidense. La entrada de la guardia civil, pistola en alto, se sienten coño y empujando al viejo superior fue un retrato demasiado crudo de un golpe de estado militar que hizo saber a los responsables tenía escaso recorrido: lo complicado fue darle carpetazo al golpe sin que salpicara a quienes no tenía que salpicar.

Si el golpe se hubiera atenido a su escenificación elegante, posiblemente se hubiera proclamado el gobierno de concentración con el general Alfonso Armada a la cabeza amparándose en la desmembración de España, el terrorismo y las excusas que siempre tiene a mano el golpismo. Quienes se opusieran al golpe serían peligrosos extremistas alejados del consenso constitucional y democrático que representara el presidente Armada.

Hasta ayer éramos muy pocos quienes denunciábamos el intento del ejército hondureño de dar un Golpe de Estado cuya explicación deja desnudos a quienes lo justificaron. Los gobiernos miraban para otro lado y algunos medios de comunicación justificaron el golpismo de forma vergonzante: quedan para el estudio en las facultades de periodismo y de ciencias políticas el editorial de El País y el artículo de La Vanguardia del sábado, con el ejército tomando las calles de Honduras.

Como a Tejero, a los golpistas hondureños se les fue de las manos la escenificación: nada cambia demasiado respecto de lo que intentaban los golpistas. El sábado pretendían inhabilitar a Manuel Zelaya decretando que estaba loco. El domingo se inventaron una carta de renuncia y la aceptaron gustosos (por cierto, el invento de la carta de renuncia ya fue ensayado en el caracazo de 2002). Todo ello hubiera podido ser convalidado por nuestras democracias. Pero cuando el ejército detiene por la noche a un presidente, lo mete en un avión y lo saca del país en pijama la escena es demasiado dura como para seguir llamando extremistas a quienes se oponen al golpe de estado y moderados a los que lo amparan, lo contextualizan y niegan el nombre “golpe de estado” para esta recolocación de poderes tras un desajuste.

La idea era buena, pero han sobreactuado.

Hay que reconocer, con todo, que en otra época no importaba la sobreactuación. Obama ha demostrado en un par de cuestiones exteriores que sí trae diferencias frente a muchos de sus antecesores y su rechazo al golpe de Honduras ha sido una de las más importantes. Los demás gobernantes serios esperaron, cómo no, a la señal de Obama para condenar o no el golpe militar. Reconozco que me equivoqué cuando asumí que Obama era lo mismo de siempre con cara más amable. No es que sea una mezcla del código genético de Robespierre y Lenin, pero es más de lo que podíamos imaginar. Se agradece que, por una vez, la Casa Blanca no haya apoyado a sus hijos de puta.

NOTA Esta tarde estáis convocados a Chamberí, a la calle Rafael Calvo 15 (metros Iglesia y Rubén Darío) donde está la embajada de Honduras a protestar contra el golpe. A las 19h.