Hace unos pocos años discutía con un compañero de estudios, «liberal» él, sobre la relación entre capitalismo y democracia. Yo decía que ambos se relacionan como el agua y el aceite: no pueden coexistir, se repelen. Él decía lo contrario: el capitalismo lleva inexorablemente a la democracia. Mi posición depende de qué considere uno democracia: quien defina democracia como capacidad del pueblo de autogobierno tendrá que reconocer que eso es incompatible con el capitalismo; quien acepte que hay democracia si se puede elegir quién nos gobierna entre más de una persona verá que cualquier sistema económico es compatible con la democracia.

Sin embargo, laposición de mi compañero de estudios no dependía de discutibles definiciones, pues se refutaba con los hechos. Hay ejemplos de libro de regímenes capitalistas en dictaduras atroces sin que aparezca ninguna incompatibilidad. El sistema económico del Chile de Pinochet fue diseñado por Milton Friedman, maestro de liberales. Hoy China explora una nueva vía al capitalismo (un capitalismo brutal en el que el Estado ejerce la mera intermediación: nunca el Estado mostró tan claramente su condición de consejo de administración del capitalismo)  y ni el capitalismo ni las olimpiadas han supuesto la menor entrega de poder ni derechos humanos a los pueblos y ciudadanos chinos. El capitalismo no lleva necesariamente a la democracia, ni siquiera a la democracia entendida de la forma menos exigente. Eso es un hecho.

Durante décadas la izquierda le ha regalado palabras al poder y éste ha cabalgado propagandísticamente sobre ellas. Hemos contrapuesto las libertades individuales (libertades burguesas, decíamos) con las libertades colectivas como si se pudieran dar realmente aquellas renunciando a éstas. Pero los proyectos de la izquierda (el socialismo, para muchos) son proyectos de emancipación a todos los niveles: colectiva e individual, pues ambas se implican mutuamente.

¡Qué regalo les hemos hecho! Un sistema que no duda en colocar dictaduras militares aquí o allá, que reprime las libertades siempre que puede con excusas cambiantes (la guerra fría, la lucha contra el terrorismo, quién sabe si algún día cerrarán periódicos para luchar contra la deforestación) no merece que le regalemos la defensa de unas libertades que tolera sólo en la medida en que no le amenazan: exactamente como cualquier otro sistema no democrático. Hasta en las dictaduras más férreas uno puede tomar decisiones que no amenacen al poder y lo que varía es la vulnerabilidad que siente el poder.

Para la izquierda las libertades (individuales y colectivas, si tal distinción ficticia nos es útil) son el objetivo: no son una amenaza, sino el cemento sobre el que construir. Nunca más regalemos palabras a quien no las merece. Al enemigo ni agua, que ya tiene aceite.