Llegó el día de la celebración de esas eleccones presidenciales [de 2004]. La seguridad se reforzó en las calles de las ciudades afganas por temor a que se produjeran más atentados. Los medios de comunicación internacionales se preguntaban por la fiabilidad del proceso de votaión. Apenas había dado tiempo a elaborar un censo ni a organizar todo debidamente. Pero la administración Bush deseaba que esos comicios se celebraran antes de las elecciones estadounidenses de primeros de noviembre. En el hotel Intercontinental de Kabul, una elevada torre situada en la ladera de una montaña, se alojaban los miembros de la Organización por la Seguridad y Cooperación en Europa que se iban a encargar de vigilar la limpieza de los comicios. Eran poco más de cincuenta. El jefe de la delegación me confesó que las elecciones iban a ser un tanto peculiares. Afganistán no se convertiría en una democracia de la noche a la mañana. Se conformaban con que los comicios fueran «bastante democráticos». Ésa era la consigna que transmitían a los medios de comunicación. Detrás, entre bambalinas, las aspiraciones eran aún menores: que no se produjeran demasiados incidentes violentos durante la jornada y que los perdedores aceptaran su derrota. Era probable que hubiera que recurrir a pactos postelectorales para evitar enfrentamientos entre los señores de la guerra. Desde luego, el horizonte no dibujaba la democracia real que Estados Unidos había prometido llevar a Afganistán. […]

A mediodía acompañé a mi traductor Mohamed al colegio electoral que le correspondía. Depositó una papeleta en la urna y le marcaron su dedo pulgar con tinta indeleble para evitar que pudiera volver a votar. Después salimos a la calle. Al cabo de un rato, Mohamed lanzó una pequeña exclamación y vino corriendo hacia mí mostrándome su dedo pulgar. La tinta indeleble no era tal porque no quedaba ni rastro de ella. Se había evaporado. Si quisiera, Mohamed podría entrar a votar de nuevo. Algo no marchaba bien. La escena se repitió en varios colegios electorales de todo el país y la alarma se propagó como la pólvora: había serias irregularidades en los comicios. La tinta de varios centros de votación se borraba. Algunos afganos aseguraban haber votado más de cuatro veces. La mayor parte de los candidatos afirmaron que las elecciones habían sido ilegítimas. Massuda expresó públicamente su honda preocupación por las irregularidades detectadas. Por su parte, los observadores nacionales e internacionales insistieron en que el proceso se había celebrado de manera ordenado y en un ambiente «bastante democrático».

Olga Rodríguez, El hombre mojado no teme la lluvia. Págs.: 332 y 333

Este jueves más y mejor.