A estas horas en Afganistán se abrirán los colegios electorales para que los afganos participen en la escenificación exigida por occidente. Los señores de la guerra que gobiernan (es un decir) Afganistán y lo ponen al servicio de los intereses económicos y estratégicos de nuestros gobiernos.

Hoy resulta grotesco recordar cómo empezó esta guerra de Afganistán. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 el mundo estaba conmocionado y anestesiado. Todavía no éramos conscientes del potencial criminal de George W. Bush. Y Bush decidió que había que ocupar Afganistán con un único objetivo: capturar o matar a Osama Bin Laden, cerebro de aquellos atentados, que estaría siendo ocultado por el gobierno talibán. Muy pocos tuvieron entonces la lucidez de rechazar aquellos bombardeos entonces. Como intentaría después con la ocupación de Irak, Bush vendió la idea de que quien estuviera contra el terrorismo y con los derechos vulnerados por los talibán (singularmente los derechos de las mujeres afganas).

Años antes, siendo estudiante de la Universidad Carlos III la asociación de estudiantes a la que yo pertenecía convocó una concentración en repulsa por el trato de los talibanes a las mujeres afganas. La concentración reunió a cinco personas: era un síntoma de cuánto preocupaban los derechos de las mujeres afganas hasta que la propaganda imperial decidió hacer de ellas una excusa irrenunciable. Años después a nadie le importa que las mujeres afganas sigan básicamente bajo el mismo yugo.

¿Alguien recuerda que las tropas fueron a Afganistán a capturar a Bin Laden y que después decidieron también capturar al mulá Omar (un cojo que ha conseguido huir durante siete años de las tropas imperiales)? Como la ocupación de Irak, Afganistán se basó en la mentira, en el uso de la «lucha contra el terrorismo» como excusa para convertir al estado en terrorista. Como en Irak, en Afganistán se celebra una farsa electoral para disfrazar de camino hacia la normalidad lo que no es más que un camino hacia el control extranjero de una tierra de paso para combustible.

La diferencia es que mientras Irak es reconocido como una ignominia genocida, en Afganistán repetimos las consignas según las cuales nuestras tropas están allí defendiendo a «España, la paz, la libertad y la ley«. Las diferencias entre una ocupación y otra no son éticas: sólo que la propaganda a favor de la ocupación de Afganistán ha sido mucho más eficaz que la que se hizo para ocupar Irak.