Estos días se celebra la fiesta del PCE, al parecer con gran éxito. Tenemos y tendremos noticia de lo sucedido en la fiesta por los múltiples blogueros que están allí: Manolo Ruda, Juan Segovia, IU Alhaurín, Eva, Javi Busto (a quien tuve la alegría de conocer personalmente el jueves en casa) y, por supuesto, ceronegativo y Rafa Hortaleza, que seguro que nos traen vídeos con entrevistas realizadas en la fiesta.  La Fiesta ha venido marcada por la crónica de Público de un acto en San Andrés de Rabanedo (León) en el que Julio Anguita se cuestionaba la idoneidad movilizadora de la apelación al comunismo. Más allá de titulares engañosos, la frase objeto de la polémica fue, según Público:

Yo, que soy comunista, hace tiempo renuncié a plantear el comunismo como alternativa o el socialismo, porque eso no llega a la gente. A la gente sí le llega un derecho humano

Hace tiempo me explicaron la razón por la que en los trabajos académicos hay que poner tres citas en cada línea. Se hace para que cuando alguien discuta lo que uno dice, se pueda responder “Oye, que eso no lo he dicho yo, sino Pepa Pérez en su libro Turología clásica, página 2.341“. Algo así necesito para escribir un apunte que pueda incomodar a los compañeros y compañeras de quienes más cerca me siento ética y políticamente.

No podría hacer mía la frase de Anguita porque yo tendría que comenzar diciendo “Yo, que no sé si soy comunista,…“. Es lo que he contestado en las múltiples veces que me han preguntado si soy comunista: “No tengo ni idea“. Es una cuestión identitaria y a uno le resulta bastante vanidoso decirse de izquierdas, como para dar un paso más allá y afirmarse comunista. No es que crea que sea una duda cuya resolución sea estéril: ni eso tengo claro. Es simplemente que tengo infinitas dudas sobre qué sea ser comunista hoy. Y por hoy no me refiero al 20 de septiembre de 2009, sino a cualquier hoy: en su momento Lenin pertenecía al partido socialdemócrata, mientras había otros ámbitos políticos organizados (como los socialistas revolucionarios o los populistas) más cercanos a lo que después ha sido la tradición comunista; tampoco Fidel Castro llegó a la vía revolucionaria desde el Partido Comunista Cubano; por supuesto, el socialismo bolivariano ha venido acompañado de los partidos comunistas, pero no con ellos como protagonistas. Eso no quiere decir nada en contra de los partidos comunistas: sólo nos indica que éstos no son, a veces, el único vehículo hacia la transformación revolucionaria de la sociedad.

Tampoco estoy de acuerdo en que la necesaria centralidad de los derechos humanos (que yo también reivindico) se deba a que aglutine o movilice más (desgraciadamente no creo que sea así), sino a que situar una parte de ellos como secundarios, colocando la trinchera cuartelera en el motor de las decisiones, ha sido una causa principal del fracaso (más allá de su derrota) de los regímenes que se proclamaron socialistas.

¿Qué es ser comunista hoy, 20 de septiembre de 2009? No conozco a nadie que piense que ser comunista hoy sea lo mismo que ser comunista hace 150 años, o que en 1917, o que durante el franquismo en España. Si ser comunista hoy quiere decir tener los principios éticos y políticos que tienen algunos amigos y amigas que se dicen comunistas, aspiro a ser comunista. Sin embargo, ser comunista debe de ser algo más. Uno de los libros que he leído este verano es la entrevista-biografía de Ignacio Ramonet a Fidel Castro. En ella, Castro define como comunismo utópico a esa idea ética de la política que pone el acento en la denuncia del capitalismo como un modelo injusto en contraposición con su comunismo supuestamente científico. No estoy demasiado de acuerdo, pero es útil para entender que uno tenga un mar de dudas a la hora de situarse dentro o fuera del concepto comunismo (ese llamado comunismo científico, se entiende).

Más allá de resolver ese conflicto identitario, el problema que señala la frase de Julio Anguita (sea literal o no) es el de la utilidad en Europa y en 2009 de palabras como comunismo para movilizar a la sociedad, conseguir superar el crimen colectivo que supone el capitalismo y para generar un modelo de sociedad que ponga la dignidad de todas las mujeres y hombres en el centro de toda decisión política. Y ahí es donde se empiezan a despejar algunas de mis dudas (para mal, me temo).

Mi buen amigo viul suele decir que los comunistas (como él) tendrían que comenzar por actualizar sus símbolos. Por ejemplo, la hoz y el martillo apela a un tipo de clase trabajadora que no incluye a gran parte de la actual cuyos instrumentos de trabajo son el ratón y el teclado de ordenador. Es un análisis laico y materialista que apela a la renuncia a la nostalgia y a utilizar los símbolos como instrumento aglutinador y movilizador, no sólo como reivindicación de una tradición de la que sentirse en gran parte orgulloso.

Tengo bastante claro que esa tradición, sobre todo en España, nos ha dejado un legado de honestidad, sacrificio, valentía y compromiso que reivindicar; asimismo, insisto, bajo esa tradición se sitúan hoy algunos de los referentes éticos y políticos en los que nos debemos mirar quienes sólo somos aprendices en esto de ser de izquierdas. Sin embargo, me pregunto si no se puede salvar gran parte de ese legado apostando por nuevas iconografías que incluyan nuevos términos y nuevas banderas: no sólo en cuanto a trozos de tela, sino también en cuanto a reivindicaciones centrales, en cuanto a discursos (no en cuanto a aspiración política final, que siempre será la emancipación política y económica de todos los hombres y mujeres del mundo).

Los partidos, las palabras, los símbolos,… son instrumentos al servicio de un fin, nunca fines en sí mismos. Incluso en medio de una profunda crisis del capitalismo (o del neoliberalismo, vaya uno a saber), el imaginario popular asocia la iconografía comunista (incluido el término comunismo) con la nostalgia y no con proyectos políticos de emancipación a realizar aquí y ahora. Muchos compañeros que se proclaman comunistas tienen que empezar justificando su comunismo, porque un auditorio lejano no sabe cuál es el papel que reclama quien hoy se define como comunista. Por ejemplo, cuando se anuncia que aspiramos a la III República, no hace falta explicar casi nunca que no nos limitamos a aspirar a la elección democrática del Jefe del Estado, sino a todo un universo de transformaciones sociales.

Me temo que, por doloroso que pueda resultar para muchos (dolor que evidentemente entiendo), sería mucho más audaz intentar la movilización y el cambio en la sociedad mediante nuevos símbolos y términos que aglutinen a quienes apuestan por un nuevo modelo político, social y económico que apueste por la emancipación a través del radicalismo democrático y de la plena implantación de todos los derechos humanos. Esos símbolos y términos no tienen que suponer realmente ninguna renuncia política ni ética, pues no se renuncia a los conceptos políticos, sino al nombre que damos a ese concepto y a los instrumentos que usamos para lograr su realización. Me temo que hoy el término comunista y la iconografía asociada a él son útiles para ganar cohesión, pero no para sumar las necesarias nuevas fuerzas.

Sé que este texto pueda resultar incluso insultante (espero que no) para muchas personas de ideas cercanísimas a las mías. Sin embargo, creo que es la honestidad y la franqueza en el debate la que nos permitirá a quienes caminamos juntos contra un modelo económico y social antihumano generar medianamente pronto una mayoría social. Y en última instancia siempre podré decir que no lo digo no, sino que cuentan que lo dijo Anguita en León.

NOTA: La imagen de la hoz interrogante y el martillo está tomada de La Fragua, cuyo blog está bajo licencia Creative Commons. La de Memoria a dos voces está tomada de cualquier librería que tenga página web.