Hasta el 11-S el Mal absoluto era, en exclusiva, el Holocausto. Cualquier genocidio propio era menor, pues siempre cabía recordar el Holocausto, no sólo como un mal inmenso, sino como el auténtico y único Mal absoluto. Para explicar cualquier genocidio de los enemigos, se citaba el Holocausto como comparación y así entenderíamos que cualquier respuesta era justificable para evitar el triunfo del Mal absoluto. Desde el 11-S el Holocausto tiene un compañero: el terrorismo. Nadie sabe muy bien qué es (hubo un intento de consensuar una definición de terrorismo en la ONU y el fracaso fue rotundo), pero es el Mal, contra el que todo vale. Si hay que invadir un país o prohibir teléfonos móviles anónimos, siempre es para luchar contra el terrorismo.

En su rocambolesco intento por salvar a los corruptos de la trama Gürtel, González Pons explicó que ellos ven las escuchas telefónicas muy bien si se utilizan sólo contra el terrorismo o contra el narcotráfico. Obviamente muchos consideramos más grave el robo de dinero público valiéndose del cargo (corrupción) que la transacción de tóxicos por dinero aceptada por ambas partes (narcotráfico): del narcotráfico lo que más me escandaliza es que no se pague impuestos, las relaciones laborales no se sometan a la legalidad y las drogas no pasen control de calidad. En España, un vasco que queme un cajero automático es condenado por terrorismo. Tampoco me parece esto más grave que el alcalde que impide la construcción de escuelas infantiles porque ha dedicado el dinero necesario a satisfacer a constructores, a familiares y al tesorero del partido.

En cualquier caso, si las escuchas telefónicas autorizadas por los jueces violan los derechos humanos, se deben erradicar: da igual que el escuchado sea un asesino en serie o un amiguito del alma. Pero si no viola los derechos humanos, tendrá que aplicarse con un criterio de proporcionalidad. Y la proporcionalidad la marcan los hechos, no las palabras que apliquemos a los hechos. La palabra “terrorismo” se aplica para explicar que estamos ante el Mal, pero es pura propaganda, pura ideología del poder, es la antesala de aquel “gato negro o gato blanco lo importante es que cace ratones”.

Hace unas semanas el asesino de Carlos Palomino fue condenado con mucha severidad por un asesinato con agravante por odio ideológico. No apareció la palabra terrorismo por ningún lado, probando que no es necesaria para castigar duramente las fechorías más indignantes. Podríamos tomar nota y eliminar de una vez las herramientas del poder para saltarse los derechos humanos en los castigos y para que sus fechorías sólo sean un mal relativo.