Cuando apoyábamos (y apoyamos) que se negocie para conseguir la paz en Euskadi sabíamos que un fracaso de las negociaciones supone que ETA asesinase a alguna persona, dejase a alguna otra viuda y posiblemente alguien quedase huérfano. El esfuerzo vale la pena. Sin embargo, en la pasada tregua hubo quien decidió que era horrible negociar con los violentos, que el Estado pierde su dignidad si negocia con quien comete delitos, hubo quien convocó manifestaciones contra la rendición; hubo jueces que aplicaron su autoritaria visión de la ley bajo el pretexto de que por mucha tregua que hubiera la ley es la ley y hay que aplicarla a rajatabla: según un extendido rumor (reflejado incluso en algún libro) el gobierno envió un mensaje a Grande Marlaska tras detener a Otegi en plena tregua dándole la enhorabuena por haberse cargado la tregua. Grande Marlaska no fue criticado por ser un juez vanidoso cuyas decisiones pudieran costar vidas: es un héroe nacional, cómo no.

Los principios son los principios: son abstracciones que uno aplica a rajatabla a cualquier situación concreta ante la que uno se encuentre. Aquel principio era que con los violentos no se negocia, que cuando alguien usa la violencia para intentar obtener algo del Estado, éste no puede mover un dedo, salvo el de la policía y los jueces, que tienen que ser absolutamente implacables. ¿Los principios? ¡Una mierda!

Poco tiempo después nos encontramos con que unos trabajadores vascos y gallegos (y de Indonesia, Malasia, Senegal, Costa de Marfil, Ghana e Islas Seychelles, pero éstos, ¿a quién le importan?) son secuestrados en el Índico y sus vidas corren peligro: los secuestradores amenazan con matarlos si no se les da dinero y se acerca a sus presos. Y todo el mundo de acuerdo: hay que hacer todo lo posible por conseguir la liberación de nuestros conciudadanos («y cuando digo todo, es todo», aclaró Feijóo); podemos buscar cómo torcer el derecho para conseguir simular una extradición a Somalia de los secuestradores presos hasta el punto de que el presidente de la Audiencia Nacional se reúne con los familiares de los secuestrados para transmitirles que hay posibilidades jurídicas (¿qué habría dicho Grande Marlaska si hubiera habido una reunión con futuras víctimas de ETA para ver cómo liberaban a Otegi?). Ahora criticamos a Garzón por haberse precipitado en la detención, por imprudente, por las posibles consecuencias de una detención inoportuna. Nadie cuestiona que se les dé varios millones de euros públicos a los violentos , pues estamos ante un bien superior al orgullo patriotero: se trata de salvar la vida de personas que podrían ser asesinadas si nos quedamos mirando y presumiendo de una supuesta dignidad de Estado. Hoy no importa forzar los costurones del Estado si con ello salvamos unas pocas vidas.

¿Qué ha cambiado? Entre algunos sólo el oportunismo más miserable: si se conseguía la paz en Euskadi con el apoyo de todos, sería un triunfo político de Zapatero que no estaban dispuestos a conceder; en cambio, la solución del secuestro del Alakrana no ofrecerá grandes réditos electorales al gobierno, pero una sangría sí podría ser utilizada para derribarlo: así que en el primer caso se apostó porque la negociación era indigna (e intentar evitar la paz) y ahora se defiende que se está negociando poco, mal y tarde.

Lo más inquietante es toda aquella gente que se creyó aquel discurso épico de que ante los violentos no se cede ni un poquito, que iban a aquellas manifestaciones con sus pancartas («ZetaP», «rendición en mi nombre no» ¿recordáis?) y ahora sólo anhelan que las pobres esposas de los tripulantes del Alakrana se reúnan con sus maridos lo antes posible. Sólo cabe una razón para pensar que hayan pasado de la más absoluta insensibilidad al incondicional apoyo a las hipotéticas futuras víctimas: éstas tienen cara, tienen nombre, vemos a las que serían viudas si todo sale mal,… En cambio, durante la tregua de ETA sabíamos que el fracaso conllevaría la muerte de personas cuyo nombre, cara y cónyuges desconocíamos, pero que existían. Con el tiempo hemos puesto nombre, cara y viuda a algunas víctimas de ETA,… y del fracaso de la tregua.

Digo que esto inquieta más que la miseria, la maldad de ese puñado de dirigentes políticos y mediáticos y de jueces que sabían que por encima de nuevas muertes lo importante era evitar que cogiera aire otro partido político. Pues la maldad y la doble moral de éstos es relativamente previsible y fácilmente denunciable. Pero tener unos principios o los contrarios en función de si los posibles muertos son concretos o abstractos es propio de imbéciles: de gente incapaz de comprender que un muerto del que todavía no conocemos su nombre causará el mismo sufrimiento que aquel cuyo nombre es perfectamente conocido. Unos son simplemente despiadados; éstos son imbéciles de quienes se aprovechan esos despiadados