Unos cuantos ayuntamientos están decidiendo meter bajo su suelo mierda nuclear que tardará cientos de miles de años en dejar de estar activa: no deberíamos hablar de cementerio nuclear, pues los residuos no están muertos, sino más bien de un área de terminales tóxicos y peligrosos cuya agonía sobrevivirá a todas las generaciones de descendientes imaginables. Para que nos hagamos una idea: si los neandertales, extinguidos hace 40.000 años, hubieran enterrado residuos de una central núclear, estarían ahora en sus primeros años de actividad.

No se conoce ninguna indemnización que se dé a cambio de nada. Ni los más liberales, que casualmente son los más defensores de la energía nuclear , cuestionan que se riegue de millones de euros de una empresa pública a los pueblos que acojan los residuos y a los de 20 kilómetros a la redonda (¡una subvención que los liberales no critican!). El sábado escuchaba a un diputado socialista explicar que lo que no tiene sentido es que un pueblo de Segovia sea el premiado porque allí hay mucho turismo. ¿Para qué esos millones? ¿Por qué privar a los turistas del sanísimo olor a plutonio por la mañana? Sólo podemos deducir que los máximos defensores de la energía nuclear saben que es una mierda, pero que da muchos millones de euros a alguna gente, incluidos los alcaldes de Yebra y Ascó, empleados de empresas energéticas.

La cuestión es qué legitimidad tienen los municipios para aceptar el soborno que repercutirá en la seguridad de ciudadanos que no son del pueblo y de generaciones y generaciones que no han podido decidir al respecto porque ni han nacido ni se les espera. La respuesta es obvia: ninguna. Nuestros descendientes no pueden ciscarse en nuestras muelas aún, pero resulta clarificador que mientras los alcaldes (y buena parte de sus vecinos) reclaman el plutonio y los millones de euros, los presidentes catalán y castellano-manchego junto con los partidos de la oposición lo rechazan y piden que, si no te importa, se suicide la madre que te parió: hay que recibir muchos millones para tragarse tanta mierda y sonreir.

Hay pocos asuntos en los que sería positiva la máxima centralización. Uno de ellos es el medio ambiente. La contaminación que arroja a la atmósfera un estadounidense o entierra bajo el suelo un francés nos repercute al resto de seres humanos (vivos y por nacer). Puedo decidir suicidarme con la condición de que no lo haga volando el edificio con todo el vecindario dentro. Y a eso nos están arriesgando unos alcaldes por un puñado de euros.