Buena parte del documento Zutik Euskal Herria publicado por la Izquierda Abertzale (la llamo así porque ellos se llaman así) es un análisis delirante. Un lector ajeno a la realidad vasca deduciría del documento que los cincuenta años de éxitos de la izquierda abertzale han colocado a los independentistas al borde de conseguir sus objetivos políticos y que pone en marcha un nuevo ciclo político para que la última brisa les ponga en la mano la independencia vasca. En general se deja claro, para quien no lo tuviera, que el proyecto político de la Izquierda Abertzale es esencialmente abertzale (los “objetivos definidos” son la independencia y la territorialidad) y sólo decorativamente izquierda (hasta el antepenúltimo párrafo no se hace mención a ninguna aspiración propia de la izquierda).

Sin embargo, no se trata de estar de acuerdo con la Izquierda Abertzale. Ellos tienen legitimidad para hacer análisis de los que uno discrepe, ser más o menos nacionalista o hacer de los valores de la izquierda una prioridad o no.  Lo que es ilegítimo es el uso de la violencia con el que han acompañado  su práctica política durante los cincuenta años que analiza el documento. El fin de esa ilegitimidad es lo que esperamos muchos de la izquierda abertzale y uno tiene que ser razonablemente optimista tras leer el documento.

Una de las razones para ser optimista ante el documento es  el argumento que han dado algunos partidos para rechazarlo: “es más de lo mismo“. La evidencia es que no es más de lo mismo. Hasta ahora la izquierda abertzale se había limitado a evitar pedir que cese una violencia porque había otras. Ahora pide que haya “ausencia total de violencia “. Y conociendo anteriores cinismos se podría pensar que ahí se esconde el viejo truco:  si no para la violencia de los otros, no hay ausencia total de violencia, por lo que tampoco aporta nada el cese de la violencia de los unos. Pero nada más comenzar el documento se afirma que la Izquierda Abertzale tiene que dar los pasos que considera necesarios independientemente de lo que hagan los demás: “iniciar el proceso democrático supone una decisión unilateral de la Izquierda Abertzale“, reiteran despúes.

Ante este documento, la izquierda abertzale se sitúa a sí misma y a quien quiera caminar con ella ante un punto de inflexión. ETA tendrá que anunciar si acata o no ese inicio unilateral de un proceso en ausencia total de violencia. Si no lo acata, habrá violencia. Y si hay violencia la izquierda abertzale romperá con su declaración o rechazará tal violencia:  uno de los principios de Mitchell invocados (entre otros del mismo tenor) es “renunciar, y oponerse a cualquier intento de otros, a utilizar la violencia o amenazar con ella” .

A estas alturas parecería de una ingenuidad ilimitada pensar que se va a producir la ruptura expresa entre la Izquierda Abertzale y ETA e incluso a la vista de las posibilidades del documento, eso no es lo mejor que pueda pasar.  ETA, además, anunció su respeto al proceso de debate que ha llevado a esta decisión y no ha habido ningún tipo de atentado mientras estaba en marcha tal proceso. Con toda la cautela que exigen tantos fracasos, quienes queremos que no haya un sólo muerto más tenemos que estar esperanzados. Especialmente por la ausencia explícita de condicionamientos de la Izquierda Abertzale. El análisis que consideraba arriba delirante es precisamente la razón para ser optimista: la Izquierda Abertzale no plantea el fin de la violencia como forma de rendición que tuviera que pactar con el enemigo, sino como instrumento táctico para conseguir mayores logros políticos. Y al mismo tiempo, ese giro táctico no se anuncia meramente coyuntural, sino que se contrapone a los cincuenta años anteriores, por lo que debemos interpretarlo como un cambio también a muy largo plazo.

Cuando ETA anunció que rompía la tregua que había destrozado en la T-4 las esperanzas se fueron a la mierda. Hoy hay razones para recuperarlas, especialmente porque nadie las hace depender de algunos partidos políticos que no arriesgarían nada por la paz. Si la Izquierda Abertzale hace un análisis erróneo que le lleva a autoconvencerse de la fuerza que logrará renunciando a la violencia, no podemos más que estar contentos. Y en una parte de ese análisis tienen razón: el silencio guardado por partidos y medios de comunicación de orden muestra que el paso dado puede ser mucho más inquietante para ellos que la caduca existencia de ETA.

En pocos días ETA tendrá que ratificar nuestras esperanzas o mandarlas de nuevo a la mierda. Estaremos esperándola.