Carmen es una muy buena amiga y compañera de IU. No le gusta demasiado contar lo que padeció durante el franquismo: el largo paso por la cárcel por su militancia comunista, la huelga de hambre y tantas cosas que se suele callar por lo mal que lo pasa al contarlo. Alguna vez le he comentado que gente como ella no sólo tiene el derecho a que reconozcamos lo mucho que les debemos, sino que en cierta forma tienen la obligación cívica de contarlo. Los que no hemos vivido esas circunstancias muchas veces nos quejamos de los sacrificios de la militancia más activa que conllevan falta de tiempo libre, mucha menos vida familiar de la deseada, alguna que otra hora de sueño robada… El ejemplo de quienes defendieron sus ideas (y las nuestras), de quienes lucharon por sus derechos robados (y los nuestros) sabiendo que ello les podía acarrear cárcel, torturas, etc. nos puede quitar el pijerío cotidiano de encima, por eso creo que es su obligación contarnos lo que han pasado muchos para comunicarnos la trascendencia de la responsabilidad ciudadana.

Ante la huelga del 29 de septiembre no son pocos los amigos que tienen miedo. No es un miedo a esos sacrificios tontos de los que hablaba, sino un miedo mucho más serio: es el miedo a ser señalado en el trabajo, a ponerse el primero en la próxima lista de despidos o a que el contrato precario sea roto (con la generosa subvención aprobada en la reforma). Es un miedo que vivo de cerca, en mi propia casa, aunque yo tenga la suerte de no correr ningún riesgo por implicarme a fondo en la huelga.

Los riesgos son reales y el miedo es razonable. Pero la memoria de los riesgos que han corrido otros nos tiene que abrir los ojos en una doble dirección. La primera la relativización de los riesgos que correremos. Es terrible el horizonte de quedarse en paro, poner en riesgo la hipoteca… Pero además del ejemplo de quienes se arriesgaban también a sufrimientos de consecuencias aún más dramáticas, tenemos que analizar lo que se consiguió gracias a esos riesgos colectivos: hoy no tendríamos nada, ni subsidio de desempleo, ni jubilación, ni vacaciones, ni fin de semana, ni nada si otra gente antes no se hubiera jugado muchísimo más. No tendríamos siquiera derecho a hacer huelga. Y todo eso es lo que está en riesgo si no hay una respuesta que muestre cierta fuerza al otro lado, a este lado.

El 29-S mucha gente pondrá en riesgo cosas importantes si hace huelga, sí. Ese miedo es perfectamente razonable y nunca criticaré a quien no lo venza. Pero también nos jugamos el derecho a no tener miedo por ejercer derechos fundamentales. Nos jugamos las consecuencias de un fracaso colectivo que supondría dar alas a una radicalización aún mayor del giro neoliberal: si hubo recortes de salarios a funcionarios, la debilidad de los trabajadores el miércoles podría favorecer cualquier otro recorte generalizado que también conllevaría tener más dificultades para pagar la hipoteca o cualquier otro gasto fundamental.

Es evidente que la coacción a la que están sometidos muchísimos trabajadores es altísima y además es silenciada por el piquete mediático, tan preocupado por esos trabajadores que sólo podrán ampararse ante su empresa en la presencia de un piquete muy malo muy malo o en que el abuelo ha hecho huelga y no tiene con quien dejar al niño o en que el metro ha vuelto a hacer salvajadas, que ya se sabe cómo son. La única coacción real es la que sufren quienes tienen pánico a la reacción de sus jefes el jueves. El ejemplo de la coacción que sufrieron otros compañeros debería mostrarnos la responsabilidad como instrumento para responder al miedo. Pero hay una coacción superior de la que nadie habla: la reacción de los auténticos jefes si ven que el miedo ha funcionado. Si el miedo funciona, estamos perdidos. Cuando el terror no funcionó nuestra gente consiguió cosas que estamos disfrutando y que ahora nos quieren volver a quitar porque nos ven asustados.

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