Hay dos formas de rechazar los dogmas (sean religiosos, científicos, políticos o gastronómicos): sustituirlos por ideas sometidas a la crítica continua y por tanto a su revisión o dar paso a un nihilismo en el que no hay dogmas porque toda supuesta verdad vale lo mismo. Esta última fue la apuesta de la derecha en muchas de sus etapas, pero especialmente con Leo Strauss (padre de los neocon, pero a su vez hijo de Hobbes). Strauss explicitó la ausencia de verdades y que por tanto la cohesión social (y el mantenimiento del poder) dependía de encontrar cementos sociales aunque fueran mentira: así la derecha busca la unidad en torno a la religión, la nación… no porque crean en ellas, sino porque les sirven. Es decir, defienden dogmas no porque sean La Verdad, sino porque creen que todo vale, que son tan verdad esos dogmas como su negación pero que ésos les son útiles para dominar la política.

Ayer Público sacó un reportaje sobre la melancolía en la que vive instalada la izquierda europea. A pesar de la brevedad, había aportaciones interesantes y otras descartables (aquellas que daban como solución para la izquierda volverse de derechas ser valientes, innovadores y modernos en el marco de la globalización, lo llamaban-). Alguna otra llamaban la atención. A mí me llamó la atención aquella que llamaba a dejar atrás los dogmas del siglo XIX y empezar a mirar al siglo XXI. Me recordaba a la Iglesia cuando llama a no rendir culto a los falsos ídolos como si hubiera ídolos verdaderos.

Por supuesto que la izquierda debe abandonar los dogmas. Pero no los del siglo XIX, sino todo dogma. Tampoco se debe aceptar el dogma según el cual toda idea enraizada en la historia del pensamiento debe ser desechada por antigua y sólo vale lo novísimo. Las ideas son sometidas a la crítica y sólo la crítica (no el calendario) hacen que caduquen. De hecho posiblemente la izquierda haría muy bien en buscar ideas no ya en el siglo XIX sino en Rousseau (siglo XVIII) y Kant (XVIII y principios del XIX) para recuperar lo mejor de la Ilustración y filtrar por ella las nuevas realidades colectivas que han ido apareciendo después: desde las clases sociales al género pasando por la humanidad como tal, puesta en riesgo por la destrucción del planeta. En el siglo XX se le olvidó a buena parte de la izquierda su origen menos inmediato y quizás esa fue una de las claves por las que se centró más en conquistar el poder que en recordar para qué lo quería.

Eso no quiere decir que la izquierda no tenga que cambiar muchísimas cosas. Desde su funcionamiento interno (ser como será la sociedad que propone) hasta sus métodos de relación con la sociedad para generar de nuevo identidades de izquierda. Pero una de las que tiene que cambiar es empezar a sustituir la melancolía por un cierto orgullo al menos en el momento de una crisis que demuestra que las críticas que hacíamos al capitalismo eran ciertas. Puede que las propuestas de la izquierda no sean hoy todo lo sólidas que debieran, pero las de la derecha han caído como un castillo de naipes. La derecha ya ni siquiera defiende sus ideas, sino que se limita a blandir su poder, su capacidad de desestabilización: ya no se dice que los mercados lleven razón, sino que nos pueden hundir.

Por supuesto, nunca son las cinco porque lo diga el comité central. Es igual de dogmático que pensar que no son las cinco porque el comité central ha dicho que son las cinco. Son o no las cinco independientemente de lo que diga el comité central o de lo que esté de moda o quieran aceptar los poderes políticos y mediáticos. La novedad o la vejez de unas ideas no tienen nada que ver con su vigencia salvo que dejemos de tener en cuenta el mundo real para revisarlas críticamente todos los días. Eso hizo la derecha, que vive triunfante instalada en Hobbes (1588- 1679) y en Adam Smith (1723-1790) y no sólo no se lamenta de ser tan antigua, sino que disimula tanta modernez afirmándose seguidora de un señor de hace dos mil años.

Si te ha gustado, ¡compártelo!:

Facebook
del.icio.us
Bitacoras.com
Technorati
Wikio
Meneame
RSS
Print
PDF