Artículo 1 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos:

1. Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación. En virtud de este derecho establecen libremente su condición política y proveen asimismo a su desarrollo económico, social y cultural.

2. Para el logro de sus fines, todos los pueblos pueden disponer libremente de sus riquezas y recursos naturales, sin perjuicio de las obligaciones que derivan de la cooperación económica internacional basada en el principio del beneficio recíproco, así como del derecho internacional. En ningún caso podrá privarse a un pueblo de sus propios medios de subsistencia.

Poco más habría que decir en casi cualquier asunto político. Esos dos apartados del primer artículo del Pacto Internacional de Derechos Sociales y Políticos, aprobado en 1976 en la ONU y firmado por prácticamente todos los estados del planeta resume la obviedad que defendemos unos poquitos seres humanos demócratas. Que los pueblos tienen derecho a ser quienes decidan cómo se organizan políticamente, cómo administran su riqueza, cómo se desarrollan económica, social y culturalmente. Que esas decisiones no corresponden a un tirano, ni a una potencia extranjera, ni a la legendaria Comunidad Internacional, ¡ni a los mercados! Corresponden a los pueblos. Es una obviedad que debería tener tatuada en la frente toda persona que se considere demócrata.

El pueblo libio, como el egipcio y el tunecino, nos han dado una lección inmensa a los pueblos de Europa y Estados Unidos levantándose para regir sus destinos. No querían seguir bajo el yugo de tiranos títeres de occidente que negaban mediante una durísima represión la capacidad de sus pueblos de tomar las riendas políticas, sociales y sobre todo económicas. Tales tiranías eran un instrumento perfecto para facilitar el saqueo de recursos por parte de occidente o de apuntalar las diversas violaciones de derechos humanos sobre las que se apoya nuestro supremacismo: sin Mubarak Gaza no habría podido ser convertida en un inmenso campo de concentración; sin Gadafi el petróleo no nos habría llegado al precio al que estaba hace un mes; sin Buteflika en Argelia, no habríamos inaugurado esta misma semana el gaseoducto por el que nos llegará más de la mitad del gas a España aunque sea a hombros de una dictadura militar posterior a una guerra civil impulsadas desde Europa.

El levantamiento del pueblo libio no ha tenido un éxito rápido y relativamente pacífico como los logrados por los pueblos egipcios y tunecino. El país está en un conflicto pre-bélico y se está produciendo un drama humanitario como muestra la huida de decenas de miles de libios. Esos miles de personas no han conmovido a Europa que bien podría haberles ayudado con unos pocos recursos y generosidad en vez de alarmarse como siempre por la posibilidad de que los refugiados lleguen a nuestros países como vulgares inmigrantes. Pero, ay, el precio del petróleo está subiendo y esa parece ser la única línea roja infranqueable. Gadafi es un juguete roto, occidente ya no aspira a la supervivencia de este títere caduco, sólo a que Libia se calme y permita seguir extrayendo combustible para volver a conducir a 120 km/h. Así que ya hay ruido de sables, de cañones, de buques dirigiéndose a la costa libia para una intervención humanitaria.

¡Cómo nos escandalizaba cuando Mubarak anunciaba los días antes de caer que ‘O yo o el caos’! Ese mismo lenguaje prepotente, altanero y ridículo usa occidente al calificar una posible intervención militar no deseada por el pueblo libio como una intervención humanitaria en defensa de tal pueblo. Ni Libia ni ninguno pueblo del mundo merece más bombardeos humanitarios. Pensábamos que eso ya lo habíamos aprendido en Afganistán e Irak. Pero igual que Mubarak, Gadafi y Ben Ali, la OTAN demuestra que es insaciable en la vulneración del derecho de los pueblos a regirse.

Según se dijo, nada más ser derrocados Mubarak y Ben Alí entraron en coma. Fuera real o no su agonía, era una escenificación perfecta de unas vidas que sólo sabían existir caminando sobre la dominación de sus pueblos. Tal parecen los poderes europeos y singularmente el estadounidense: su bienestar (cada vez más concentrado en ínfimas minorías) se basa también en el dominio sobre otros pueblos, en la negación de que se administren, se gobiernen y dejen de una vez de permitir el saqueo al que llevan siglos siendo sometidos. La pancarta que ilustra esta entrada y la que se está publicando hoy en otros muchos blogs debería ser acatada por una orden de la superioridad, pues no hay más superior que un pueblo exigiendo que nadie le domine: No a la intervención extranjera, el pueblo libio puede apañárselas solo.

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También publicarán entradas con textos propios pero idéntico espíritu Ceronegativo, Kabila, Ciberculturalia, The Fuente Palmera Times, Punts de vista, Maldice que no es poco,Ventanas del Falcón, El blog de Juan Gascón,Viramundeando, La Rueda del Tiempo, Les coses d’en Jomi, La Ratera, Agua va!!, Desde la cantera,Moscas en la sopa, Multiverso Incognoscible, La terca IUtopia y Toni Barbará

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