El problema con el bipartidismo no es el número de partidos (bi, dos); ni siquiera, aunque no es poca cosa, que esos dos partidos sean este PP y este PSOE. El bipartidismo es mucho más que la primacía electoral de dos y sólo dos partidos: la importancia del bipartidismo es que estructura la forma política del neoliberalismo escondiendo la ausencia de pluralismo político tras el disfraz de una diversidad de propuestas que no es real. El problema con Estados Unidos, cuna del bipartidismo, no de la democracia, no es que tenga sólo dos partidos realmente existentes sino que entre los dos partidos no hay diferencias sustantivas en política económica ni internacional-militar: hay diferencias, claro que sí, pero son matices que permiten montar la escenografía según la cual la ciudadanía se gobierna; pero tal no es más que elegir si el menú es espaguetis boloñesa o espaguetis carbonara, siempre espaguetis.

Puede haber más de dos partidos y mantener el esquema. De lo que se trata es de que en ningún caso la intervención del pueblo, siquiera mediante unas elecciones, pueda cambiar las cosas serias, los cimientos. Es el caso, por ejemplo, de Israel donde hay una gran atomización política pero nadie duda que nada importante cambiará sea cual sea el resultado: de hecho hay muchos partidos pero para ser legales tienen que comprometerse con el carácter etnicista de Israel, si no reconocen a Israel como «Estado judío» no tienen cabida legal. Mientras, en países latinoamericanos donde la oposición se agrupa para derrocar (electoralmente o no) al gobierno hay de hecho dos opciones, pero el cambio de rumbo del país sería absoluto si en vez de ganar en las urnas Maduro hubiera ganado Capriles, por ejemplo. Eso no es bipartidismo porque hay dos opciones, sí, pero suponen cambios sustantivos.

Algo parecido empezó a dibujarse ayer en el parlamento español. Más allá del número de diputados (fruto de unas elecciones previas al desmoronamiento del bipartidismo) se manifestaron claramente y de la mano los dos bloques que defienden políticas distintas: de un lado PP, PSOE, UPyD, PNV, CiU, UPN, CC y Foro Asturias; de otro el resto de formaciones políticas. Y en el centro la discrepancia crucial: Europa, esta Europa, la sumisión a un marco institucional que ese mismo día nos estaba diciendo que el decreto andaluz sobre vivienda no estaba bien porque alteraba la estabilidad de los bancos: una institución que constata el conflicto entre clases y no duda en mostrar de parte de qué clase está.

El acuerdo votado ayer es completamente irrelevante de cara a otra cumbre que también será irrelevante. Tan es así que hoy ya está en los breves de los periódicos afines a los partidos que lo apoyaron. Es mucho más importante qué candidato presentará el PSOE a la Junta de Andalucía en 2016.

La importancia del acuerdo es la escenificación de dos bloques. Por eso ha jugado UPyD el requiebro de no formar parte del acuerdo pero apoyarlo con su voto: intentando estar fuera del viejo politiqueo pero mostrándose como opción de «orden».

Ayer empezó la reconfiguración del eje de enfrentamiento institucional: los muchos partidos que apoyaron el acuerdo son el «bipartidismo», son lo que siempre ha gobernado desde 1978 sin cambios de rumbo en políticas sustanciales, con el rey de fondo llamando al consenso en torno a la continuidad. Podría gobernar en Moncloa Coalición Canaria o Convergencia i Unió y no encontraríamos grandes diferencias.

Necesariamente la crisis de Régimen conllevará, como ha hecho en todas partes donde ha habido situaciones análogas a la española, un cambio radical en la estructura de partidos. Puede que ayer se dieran los primeros pasos.