Consumado el golpe militar en Egipto, releo a Olga Rodríguez: en concreto un artículo escrito en marzo de 2011 cuando los egipcios votaban en referendum unos cambios en la constitución de Mubarak que daban por cerradas las movilizaciones populares y abrían la puerta a una rápida elección presidencial en la que hubiera un cierto pluralismo. “Referendum en Egipto, ¿un simple cambio cosmético?” se titulaba el artículo de Olga Rodríguez y su recuperación es tremendamente reveladora a la luz del fracaso y del golpe de Estado militar.

Algunas agrupaciones que han participado en el proceso revolucionario consideran que este referéndum impulsa un proceso demasiado rápido hacia unas elecciones en las que los Hermanos Musulmanes podrían acaparar apoyos con más facilidad que otros partidos de reciente creación“, escribía Olga. “Los cambios propuestos para cambiar la Constitución son demasiado pequeños, llegan demasiado pronto“, citaba entre los mensajes que los egipcios difundían por las redes sociales aquellos días.

Los militares egipcios fueron quienes sostuvieron desde dentro la dictadura de Mubarak, quienes diseñaron el proceso que llevó a los Hermanos Musulmanes a apropiarse de la revolución de Tahrir (siendo los últimos en sumarse a ella) y quienes han derrocado a Morsi y anuncian que habrá nuevas elecciones presidenciales y legislativas. Desde fuera Egipto era un país crucial por razones geoestratégicas de primera importancia, especialmente su frontera con Gaza. La sumisión a la política internacional a EEUU e Israel era absoluto con Mubarak y en lo esencial se mantuvo en orden con los Hermanos Musulmanes. El éxito fue total para quienes quisieron salir de Tahrir y entrar en Lampedusa. Lo mismo que garantiza ahora el golpe militar.

Saben bien los poderosos que la democracia no es sólo una elección más o menos limpia de gobernantes. La democracia es la toma del poder por el pueblo (esto es meramente redundante dada la etimología de democracia) y es fruto de un proceso profundo. “Decretar” la democracia en muchísimos casos es mantener el poder guardando las apariencias. Hay infinidad de ejemplos (no sólo en desiertos lejanos y montañas remotas) y es la especialidad que EEUU ha exportado a los países invadidos: en Afganistá, Irak, Libia,… nos entusiasmaron aquellas primeras elecciones que sólo pretendían repartir el poder entre señores de la guerra sumisos a la potencia invasora.

La democracia no se decreta desde arriba sino que se construye desde abajo. El peligro de Tahrir era y es radical: a diferencia de otras “democracias” por decreto, en Egipto fue el pueblo quien salió a la calle a tumbar el régimen de Mubarak y después a tumbar a Morsi. Y eso podía ser muy peligroso, porque un pueblo soberano y libre es capaz de nacionalizar recursos energéticos, tener una política internacional digna o incluso permitir que se cumpla la legalidad internacional si un jefe de Estado extranjero pretende sobrevolar el país. Por eso es tan fundamental que los cambios que puedan exigirse desde abajo sean neutralizados con cambios cosméticos desde arriba.

Arabia Saudí es el primer país en felicitar el derrocamiento de los Hermanos Musulmanes: poco importa al régimen fundamentalista saudí que derroquen a unos islamistas: de Riad a Washington lo que importa es evitar la toma del poder por pueblo alguno, que la democracia la carga el diablo. Cuanto antes harán elecciones; quizás incluso metan algún cambio en la constitución para que parezca que han entendido la gravedad histórica.

Y que todo siga igual hasta que el pueblo se vuelva a levantar sin que nadie consiga apropiarse de la plaza.