Hace unos días la delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes, se pegó un golpe muy fuerte en moto. Desde entonces está en un hospital público madrileño en estado grave, según nos cuentan. Cristina Cifuentes es una de las protagonistas de la vida política madrileña y de los medios de comunicación de los últimos años y parece que en los próximos, pues aspira a ser la candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid por el PP en 2015.

No hay medio de comunicación de derechas que no haya publicado un artículo sobre lo que se ha dicho estos días en twitter y en la puerta de su hospital contra Cristina Cifuentes. Y lo mezclan todo: sitúan en la misma categoría los comentarios que se mofan del accidente o incluso le desean la muerte y los que recuerdan que Cristina Cifuentes ha sido la encargada en Madrid de la violación sistemática de derechos humanos por medio en muchos casos de la violencia y que ello lo ha hecho para garantizar que los gobiernos de su partido pudieran seguir saqueándonos, empobreciéndonos y robándonos otros derechos humanos como la vivienda, la educación y la sanidad pública que ahora la atiende.

Personalmente decidí desde el primer momento no publicar una palabra sobre Cristina Cifuentes en redes públicas (sí en whatsapp, en el bar, en el trabajo, en casa…). Desearle una pronta recuperación habría sido muy hipócrita: es una persona a la que no conozco más que por motivos políticos que me hacen tener por ella un aprecio rotundamente inferior que el que tengo (ninguno, por desconocimiento) de los cientos de accidentados que habrá habido estas semanas y que estén en similares condiciones o peores. Si no pongo un tuit deseando la recuperación de los otros no voy a ser tan hipócrita de ponerlo por Cifuentes; por lo demás tampoco serviría de nada, pues mis deseos no influirán en absoluto en si se recupera o no ni ella los podrá leer cuando se cure pues me ha bloqueado dos veces en twitter (tras bloquearme una vez me desbloqueó para decir que era mentira que me hubiera bloqueado y luego volvió a bloquearme; no pasa nada: de López Garrido a Isabel San Sebastián pasando por el PP de Madrid mi currículo de bloqueos es digno de orgullo).

Tampoco voy a desear lo contrario, que no se recupere. Ya digo que mi único conocimiento del personaje es el político: por supuesto que deseo que desaparezcan responsables políticos como Cristina Cifuentes pero tengo claro que el problema es un poquito más profundo que esta señora, cuya desaparición personal sería políticamente irrelevante: pronto encontrarían a quien la hiciera buena. Además, y sobre todo, ese tipo de comentarios en público pueden llegar a gente que sí tenga aprecio personal (no me refiero al político sino familiares o amigos) que no tienen por qué sufrir el odio que esta mujer ha sembrado: es el único aspecto realmente rechazable que veo a los excesos verbales que siempre se producen en hechos de este tipo.

Otra cosa son los comentarios políticos. Ahí sí que si me he callado ha sido por pura cobardía. Porque sé que en momentos así cuando uno intenta contextualizar quién es el personaje llueven los palos no de quienes dicen que no, que es maravillosa, sino de quienes con una exquisitez digna de mejor causa dicen que no es momento de hablar (mal) de una persona de quien todo el mundo está hablando (bien). La inmensa pereza me ha hecho meterme en otros charcos, pero no en este hasta que he visto esos artículos de quienes nunca se escandalizaron porque Cifuentes nos partiera las costillas a porrazos mientras defendíamos la sanidad pública pero que ahora se escandalizan porque los defensores de la sanidad pública le recuerdan lo importante que ésta es cuando ella la usa para curar las suyas.

¡Faltaría más! Más allá de su círculo estrictamente personal el accidente de Cristina Cifuentes es relevante exclusivamente por motivos políticos, porque esta persona tiene un currículo que pasa por los alaridos en defensa de Romero de Tejada y compañía durante la comisión de investigación del tamayazo, ha seguido con el apaleamiento, detención y sanción de manifestantes contra el saqueo y tiene la pretensión de seguir poniéndose al frente del expolio de la Comunidad de Madrid. Los únicos comentarios más allá de su círculo personal que caben sobre quien es relevante por sus actuaciones políticas son valoraciones políticas; y exigir que éstas sean todas positivas, especialmente con la trayectoria y la cantidad de damnificados que ha dejado la violencia que ha ordenado, es de un fariseismo ridículo. Cifuentes es quien se ofendía muchísimo (y por una vez con razón) con quien difundiera el bulo de la huida de su marido pero no dudaba en mentir a sabiendas llamando filoetarra a Ada Colau, acusar falsamente de atentado a los disidentes detenidos, etc. Es quien mandaba a sus antidisturbios a apalear y detener a la disidencia política pero cuyo coro se ofende porque haya quien lo recuerde.

Lo único criticable de quienes han recordado quién es políticamente Cristina Cifuentes no es algo moral sino puramente táctico: conociendo el percal, toda palabra sincera sobre Cifuentes será (es) usada por el pesebre mediático para convertir en víctima de la izquierda intolerante a quien violó sistemáticamente derechos como la manifestación, la integridad física y la presunción de inocencia desde el poder público. Moralmente es absolutamente irreprochable, pero tácticamente es un error regalarle a Cifuentes la precampaña para 2015. Y en ese error cae expresamente este apunte. Errare humanum est, supongo.