No siempre es rechazable la equidistancia. Entre Bárcenas y sus cómplices hasta hace medio año, los dirigentes del Partido Popular, no hay por qué elegir quién es el bueno, por ejemplo; uno podía estar radicalmente en contra de los crímenes de ETA y de los GAL, de hecho, lo razonable era una equidistancia que admitiera matices pero no complicidades.  En un supuesto conflicto entre PP y CiU uno puede ser perfectamente equidistante sin que ello suponga ser nacionalista español o catalán según quién le pida a uno que rompa su equidistancia en su favor. La equidistancia no necesariamente es indiferencia. A veces puede ser una muestra de rechazo ante dos monstruos homologables: en esos casos la equidistancia, que no indiferencia, suele ser sanísima.

Sin embargo hay casos en los que la equidistancia es simplemente complicidad con el verdugo. Es el caso en el que entre una víctima y su verdugo buscamos matices y ampliamos (o inventamos o manipulamos) errores de la víctima para contextualizar. Eso ha sido lo que sistemáticamente han hecho los sectores más indisimuladamente machistas con la violencia de género, por ejemplo: dar una desmesurada cobertura a un caso aislado en que una mujer es la que mata a un hombre o inventarse una falsa generalidad de denuncias falsas de maltrato como hizo el diputado machista Toni Cantó. Eso no es equidistancia, eso es complicidad.

Si hablando del Holocausto nazi alguien dijera que sí, que vale, pero que también en el otro bando hubo Hiroshima y Nagasaki o el bombardeo de Dresde lo que hay no es una equidistancia sino un intento de devaluar los crímenes nazis, que no se produjeron a consecuencia de los crímenes ajenos sino que el crimen era parte de la esencia política del nazismo. Del mismo modo, si hablando de Hiroshima y Nagasaki o Dresde alguien responde hablando de los crímenes nazis lo que hay no es equidistancia sino complicidad: el bombardeo sanguinario de civiles no fue una respuesta ni una medida para evitar los crímenes ajenos sino una acción criminal sin más contexto que la decisión de criminales.

Rafael Hernando, como buena parte de esa derecha que la Transición convalidó como democrática, trató ayer de parecer equidistante: hay jóvenes del PP que llevan banderas fascistas, sí, pero también hay jóvenes del PSOE que llevan banderas republicanas (¿sí? ¿cuándo? ¿dónde? ¡bienvenidos!). Eso no es equidistancia sino complicidad con el fascismo al equipararlo con la simbología de un régimen legal, legítimo y democrático: el problema de la bandera franquista no es que sea “pre-constitucional” o que actualmente no sea la oficial (tampoco hay tanta diferencia gráfica), no es un problema cronológico, sino que lo importante es que es la bandera de un régimen genocida, golpista y fascista. Cuando Hernando intenta explicar que la II República (y también la I República, dijo, no se sabe muy bien por qué ni dónde lo habrá leído este genio) trajo un millón de muertos no sólo no se muestra equidistante sino que traslada a la víctima los crímenes de su verdugo: “la presencia de comunidad judía en Alemania condujo a millones de muertos“, esa es la equidistancia de Rafael Hernando y del PP.

Que Toni Cantó tuviera que rectificar y sepamos que Rafael Hernando nunca lo hará es sólo una prueba de que nuestro fascismo no ha pasado siquiera a ser generalizadamente mal visto.

No son equidistantes como sus jóvenes fascistas no son chiquillos. Tienen cicatrices franquistas, una educación que convalida el fascismo y sus crímenes como algo de importancia menor, cosas que pasan. Es la derecha que tenemos, a la que nunca hemos cerrado la puerta.