Durante el mes de agosto en el edificio donde vivo vino a hacer la suplencia del conserje un hombre aproximadamente de mi edad. Un día, hablando de fútbol, que es de lo que hay que hablar, me explicó que él y su hijo (de seis o siete años, creo que me dijo) eran muy aficionados al Madrid, que eran abonados, pero que hace un par de años se quedó sin trabajo y obviamente tuvo que empezar a renunciar a cosas y que con todo su dolor el abono del Bernabéu había sido de las primeras. El hombre era muy expresivo y resultaba evidente que sí, que le había dolido renunciar al abono, pero supongo que le parecía más sensato renunciar a él que a necesidades primarias, especialmente teniendo un hijo pequeño.

Parece natural que a los madrileños nos ilusione albergar unos Juegos Olímpicos. A poco que le guste el deporte a uno (verlo, se entiende), cuando hay Juegos Olímpicos se devora uno todas las competiciones: desde la halterofilia a la natación, uno se sienta frente a la tele y se hace experto, aprende nombres de deportistas que olvidará para siempre a las 48 horas, lamenta que el viento de cara haya impedido ese record mundial cantado o critica la permisividad del árbitro de judo y se emociona con los goles del waterpolo. Todo ello no volverá a suceder en cuatro años, pues si aparecen esos deportes en la tele se cambiará de canal seguro. No sé si los Juegos Olímpicos son “el mayor espectáculo del mundo” pero la atracción que generan se debe de acercar mucho. Incluso si a uno no le gusta el deporte  es raro no sentir un cierto patriotismo de ciudad que hace que a uno le emocione ver su ciudad durante unos días en el centro del mundo. ¡Claro que en abstracto me haría ilusión tener unos Juegos Olímpicos en Madrid, sentir los focos del mundo e incluso intentar tener entradas para alguna de esas competiciones que sólo veo cada cuatro años! ¡Podría incluso intentar llevar a mi hijo que por entonces tendrá 7 añazos!

Tengo la curiosa sensación de que los partidarios de los Juegos en Madrid están convencidos de que se los van a dar a Tokio y los detractores estamos convencidos de que vendrán a Madrid. Tiene todo el sentido:  si uno cree en la honestidad del COI piensa que verán como negativa la ruina del país, la ingente corrupción, la complicidad con el dopaje de sus gobernantes… Mientras, si nos fijamos en los aspectos negativos de todo este tinglado vemos la capacidad histórica de corromperse del COI y la relacionamos con la experiencia española y madrileña en rellenar sobres para garantizar unas obras cuya rentabilidad social se limita a lo que se embolsen constructor y ensobrados y a las migajas que caerán a trabajadores precarios que serán despedidos al día siguiente de la clausura o muchísimo antes.

Me opongo a la candidatura de Madrid. Ya en 2012 y 2016 pensé que Madrid no debía presentar esas candidaturas, pero en 2020 me parece aberrante. Cuando las candidaturas de 2012 y 2016 no estábamos tan evidentemente arruinados, pero sí en manos de unos gobernantes que habían demostrado su pasión por infraestructuras inútiles y carísimas, la devoción por el ladrillazo y la tuneladora y era evidente que su proyecto olímpico formaba parte de un proyecto de Madrid ruinoso, antiecológico y de nulo provecho social. La oposición entonces a los Juegos era minoritaria, como era minoritario el rechazo a la política económica que nos ha traído a la crisis.

Hoy ya todo es demasiado evidente.

Me opongo racionalmente a la candidatura de Madrid 2020, incluso con un sentimiento de pérdida. Como aquel trabajador no se oponía a tener el abono del Madrid, ni mucho menos, pero entendía que no se lo podía permitir. Madrid no se puede permitir unos Juegos Olímpicos. No al menos hasta que se haya permitido las necesidades básicas. Se indignaron nuestros gobernantes con las fotos en prensa extranjera de gente recogiendo cosas de la basura en Madrid: hoy es imposible dar un paseo por cualquier barrio de Madrid sin encontrar una estampa así. El ayuntamiento y la comunidad, como el Estado entero, tienen deudas gigantescas y han renunciado a los servicios públicos más esenciales. En el caso de Madrid junto con los recortes en sanidad, educación, dependencia… se renuncia al deporte de base porque no hay un duro. Pero tenemos recursos para los Juegos Olímpicos.

Son falsos los cálculos de la rentabilidad de unos Juegos Olímpicos. En el mejor de los casos son un invento y siempre habría que compararlos con la rentabilidad del gasto educativo, por ejemplo, que genera una sociedad más rica a un plazo mucho más estable. O con el gasto en sanidad, en la que los recortes afectan especialmente a la prevención, lo que hará mucho más caro el sistema sanitario. O cuántos empleos generaría un buen sistema de atención a la dependencia. Seguramente el gasto en unos Juegos Olímpicos genere empleo como casi todo gasto público, pero precisamente en el momento en que están renunciándonos a gastos públicos que sí cubrían necesidades primarias y que generan puestos de trabajo de mayor calidad, resulta un insulto a la cordura.

Uno no se opone a los Juegos Olímpicos en Madrid por ser un aguafiestas. Deseo la fiesta y seguro que la disfrutaría. Ocurre que la fiesta no sale gratis; y si no tenemos para comer, igual es un poco irresponsable pagar una fiesta tan cara. Cuando decían que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades uno pensaba que se referirían a este tipo de lujos, no a que viviéramos por debajo de nuestras necesidades.