Soraya Sáenz de Santamaría hizo ayer un curioso ejercicio retórico: “La obligación del gobierno“, dijo “es escuchar a la mayoría silenciosa“. Es profundamente justo y razonable. Hay gente que tiene altavoces privilegiados y hacen que parezca que hay consensos o grandes mayorías donde no los hay. Pasa con quienes tienen mayor capacidad de organización o más energía para la movilización. Pero eso suele ser menos constante y poderoso que la impresión de unanimidad que generan, por ejemplo, los grandes medios de comunicación. Si uno se asoma al kiosko, mueve el dial de la radio o hace zapping televisivo y toma el panorama como un mapa de las opiniones mayoritarias estaríamos en una sociedad con un 90% de posiciones reaccionarias. Felizmente existe una mayoría que no es esa. Desgraciadamente es silenciosa y por tanto por muchas ganas que tengamos de escucharla (siempre: no sólo cuando por una vez el ruido no es de viento a favor, vicepresidenta) no hay un sonido que poder escuchar.

No parecía ser esa la voluntad de Sáenz de Santamaría: acostumbrada a que la minoría ruidosa defienda sus indefendibles posiciones decidió que ella era capaz de interpretar a todas las personas que en Cataluña no habían participado en la cadena humana del 11 de septiembre: todas por la unidad de España.

Aprovechando el tirón, ayer mismo, el consejero madrileño para la privatización de la sanidad, Lasquetty, atacó a los jueces que están paralizando el saqueo sanitario y entre sus argumentos aseguró que la mayoría de los madrileños está a favor de la privatización.

Resulta curioso que ambos, Soraya Sáenz de Santamaría y Javier Fernández Lasquetty, están respondiendo esgrimiendo que la mayoría está en realidad con ellos a quienes les piden una consulta popular para que hablen todos en igualdad: los silenciosos y los ruidosos. Precisamente quienes no tenemos quien incremente el ruido de nuestras reivindicaciones, quienes carecemos de grandes medios de comuniación somos quienes estamos continuamente pidiendo referendos que permitan saber sin distorsiones qué opina el pueblo, que en democracia es quien manda. En los dos casos en los que Soraya y Lasquetty se arrogan la mayoría se niegan a convocar el referendo que piden sus contrarios: en Cataluña por la independencia, en Madrid por la Sanidad. Son muchos los referendos que se han pedido: en la propia Cataluña mucha gente está reivindicando que la autodeterminación no sólo es territorial, sino que el pueblo también tiene derecho a gobernar su economía, por ejemplo, sin recortes impuestos por poderosos propios o ajenos. En el conjunto de España se ha pedido que se vote la reforma laboral, el rescate bancario o incluso que pueda haber un referendo revocatorio del gobierno, como permiten constituciones democráticamente más avanzadas como las de la América Latina bolivariana.

La respuesta es negativa, siempre. Soraya apela a la mayoría silenciosa no en su condición de mayoría sino por su virtud de ser silenciosa, como la Cenicienta del cuento de Ana Botella.

El día que dejen de ser silenciosas podrán ejercer de mayorías. Y eso es muy peligroso: para las minorías que nos gobiernan.