Desde la llegada al gobierno de Aznar una de sus obsesiones fue acabar con la superioridad moral de la izquierda. Situaba ese complejo de inferioridad moral de la derecha en una supuesta hegemonía de los historiadores de izquierdas que, sorprendentemente, habían logrado que en la Guerra Civil los demócratas parecieran los buenos y los fascistas los malos. Y como la izquierda había luchado por el régimen democrático, la II República, mientras la derecha (con honrosas excepciones como Alcalá Zamora entre otros) apoyó el levantamiento militar, la izquierda habría gozado de una injusta legitimidad moral mientras la derecha andaría con la cabeza gacha, como avergonzada de sus raíces franquistas.

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