Lo poco que se va sabiendo del asesinato de Isabel Carrasco lo sitúa muy lejos de dónde lo quisieron colocar los más impresentables de la caverna mediática desde el minuto en que se conoció. Ni ha sido la izquierda, ni los escraches, ni Wyoming y Cayo Lara…

Hasta donde sabemos las dos detenidas, madre e hija, y la asesinada eran afiliadas al PP, una de ellas fue candidata por el PP a las municipales de Astorga; otra (o la misma, me pierdo) de estas afiliadas al PP consiguió un puesto de trabajo en una institución controlada por el PP, una Diputación Provincial, cuya presidenta era la asesinada; y ésta decidió, por lo que fuera, despedir a esta afiliada de un puesto en la Diputación para el que también ella decidió contratarla. Sabemos también que el padre de una detenida y esposo de la otra era (es) un cargo importante de la policía nacional en León, aparentemente razón por la que las detenidas tenían acceso a la pistola con la que asesinaron a Isabel Carrasco.

No sabemos más sobre el asesinato. Era absurdo echar la responsabilidad del asesinato a los activistas por los derechos humanos. Ahora que parece que todas las personas implicadas eran del PP en León tampoco sería prudente achacar a este factor el asesinato.

Isabel Carrasco era conocida. Para mal. Fuera de Castilla y León se hizo conocida gracias a un programa de La Sexta sobre caciques:

Cuando se conoció su asesinato cualquier conocido castellanoleonés contaba (en privado) decenas de anécdotas que demostraban el carácter despótico y caprichoso con el que se manejaba. Nada insólito: es lo que facilita una institución tan escasamente democrática como la diputación provincial, nido de caciques y corruptos por toda España sin control electoral directo; por eso el PP recorta funciones de ayuntamientos, comunidades autónomas… y refuerza las diputaciones.

Según cuenta León Noticias el propio PP de León señala, con sus palabras, “Montserrat había sido trabajadora de la institución provincial en los tiempos en los que su relación con Carrasco era de ‘afinidad familiar’” y del mismo modo “fue un despido “personal y no profesional”“. Esto es, las instituciones públicas eran manejadas como un cortijo en el que el señorito (la señorita, esta vez) contrataba y despedía en función de quién era su amigo y quién no. Tampoco es nada que haga insólito al personaje: Aznar puso en Telefónica y Cajamadrid a sus amigos del cole y la facultad; no nos vamos a escandalizar ahora por la extensión del caciquismo.

Sabemos poco. Pero lo poco que hace falta saber es que alguien ha asesinado a otra persona. Da igual que sea por odio político, por venganza laboral o como cada vez parece más probable, por odios personales (que fruto del caciquismo se habían mezclado con lo político y lo laboral). Eso debe bastar para que uno rechace el asesinato.

Hoy se blanqueará a Isabel Carrasco. Desde unas filas se difundirán sus maravillosas virtudes (o se eclipsarán sus defectos insistiendo en que la culpa es de Wyoming, Alberto Garzón y los escraches). En general lo que se está oyendo es que era controvertida para no entrar en detalles.

No hace falta. Cuando nos oponemos a los asesinatos (como cuando nos oponemos a la tortura o a la censura) lo hacemos especialmente cuando sus víctimas son personas detestables: no dice nada de nosotros que estemos en contra del asesinato de alguien maravilloso, estamos contra la tortura si nos oponemos a que se torture al criminal más sanguinario. No hay razón para ocultar que la víctima del asesinato era uno de esos personajes nefastos que han llevado la podredumbre a todos los rincones geográficos e institucionales del país. Y que la respuesta a esa podredumbre debe de ser echarlos y cuando haya delitos juzgarlos, que en ningún caso el crimen es una respuesta aceptable (independientemente de que en este caso el crimen no sea una respuesta o que incluso pudiera ser una consecuencia inesperada y terrible de tal forma de manejar las instituciones).

Ni el crimen convierte en maravillosa a su víctima ni ser una persona nefasta hace más aceptable un crimen. Cuando se tapan las vergüenzas de la asesinada uno intuyen que quienes lo hacen consideran que es mejor que no sepamos de quien hablamos porque entonces su asesinato sería justificable. Como cuando se habla de las víctimas inocentes de un bombardeo. O de que no había pruebas sólidas contra un condenado a muerte. Tras ese blanqueo no hay un mayor dolor contra el crimen sino todo lo contrario: la idea de que si en realidad la víctima no era maravillosa, el crimen es un poco más aceptable.