Uno puede querer casarse o no. Hay incluso quien se casa como mero acto burocrático que facilita cosas. Pero en general, la gente que se casa es feliz. Un rato, un día, lo que sea. Casi siempre es un acto de amor y de felicidad que además no molesta a nadie.

Cuando se aprobó el matrimonio igualitario fue algo más que permitir que mucha gente tuviera esos momentos de felicidad. Recuerdo a un amigo llorar de felicidad cuando el Congreso lo aprobó porque, decía, por primera vez en su vida no se sentía tratado como un inferior.

Hubo quien intentó que eso fuera ilegal. Por todos los medios. Con su voto, con recursos judiciales, con propaganda bochornosa (era un ataque a los heterosexuales, era etimológicamente imposible… incluso iba a perjudicar al PIB porque habría más declaraciones de la renta conjunta), con manifestaciones «en defensa de la familia»…

En el centro de esa campaña estaba el PP de Mariano Rajoy que calculó que en esa legislatura lo que tenía que hacer era mantener cohesionada a su gente más ultra y no le importó mentir y manipular sobre un atentado monstruoso en supuesto provecho propio, por ejemplo. No se me ocurre una forma de maldad más clara que intentar impedir una felicidad ajena que no ocasiona mal a nadie: eso fue lo que intentó el PP de Mariano Rajoy por todos los medios de la mano de la Conferencia Episcopal al luchar por todos los medios contra la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Parece que Mariano Rajoy va a ser testigo en una boda entre dos hombres.

Han pasado años y, por supuesto, la gente honesta tiene derecho a rectificar. Estoy seguro de que decenas de miles de personas que entonces se creyeron la propaganda según la cual el matrimonio entre personas del mismo sexo iba a acabar con la familia hoy lo asumen con normalidad y saben que estaban equivocadas. Sería un poco ingenuo pensar que Rajoy está entre esas personas y no que entonces como ahora le da igual si hace daño o no a la gente, que lo que le importa es una calculadora que optimice el resultado electoral de sus posiciones. Rajoy hoy no se opone a que dos hombres se casen porque eso le situaría en un paraje extremista y rancio del que ya intenta huir hasta el más fanático. Ahora lo rentable es hacer como que no ha pasado nada.

Pero imaginemos que, simplemente, hoy ve que es normal. Imaginemos que se alegra de que alguien a quien quiere se pueda casar con quien quiera, que por eso va a esa boda. Es decir, imaginemos que hoy es consciente de que es bueno que sea legal que dos personas del mismo sexo tengan libertad para casarse o no exactamente igual que las parejas heterosexuales.

Rajoy va a participar activamente en un acto que él intentó por todos los medios que fuera ilegal. Un dirigente de su partido va a ser feliz y él va a participar activamente gracias a que Rajoy fue derrotado y no consiguió impedir que España fuera una país más libre y más decente.

La gente tiene derecho a rectificar. Pero que al menos simule que rectifica. Y Rajoy no fue una pobre víctima de la propaganda sino el máximo responsable de toda la operación que intentó impedir que fuera legal el acto al que va a ir de testigo. Qué menos que, antes de participar en nada, Rajoy pida perdón por el daño que intentó causar. Si quiere disimular al cínico impresentable que parece ser, que reconozca públicamente que cuando intentó que fuera ilegal el acto en el que va a participar, cometió un grave error. Muchos no nos lo creeremos pero al menos alguien podrá dudar de que sean razonables las ganas de vomitar al verle ejercer de testigo en las fotos y vídeos. Porque fotos y vídeo habrá: para eso va ahora a la boda como para eso montó entonces las manifestaciones. Qué asco.