Nada hay menos kantiano que lo que hizo Albert Rivera: recomendar que otros hicieran algo (leer a Kant) que uno mismo no hace. Quizás la aportación más popular de Kant al pensamiento es el imperativo categórico, ese que, a falta de una moral dictada por dioses, reyes ni tribunos somete nuestra actuación a la razón práctica, a ese «obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal«, algo así como una versión refinada y ampliada del cristiano «amarás a tu prójimo como a ti mismo«. Eso es lo contrario a recomendar a la gente que lea a Kant sin leerlo uno mismo.

Kant, la Ilustración… son citados con cierto morro como si fueran el origen del pensamiento dominante actual: incluso el medio digital que financió Bárcenas con el dinero negro del PP tiene un suplemento titulado Ilustración Digital: un medio, parece, entusiasta de Albert Rivera. Pero Kant está en las antípodas de lo que defienden Rivera y sus propagadores. Estos días, por ejemplo, en que tan ilusionado se ve a Rivera con solucionar el terrible problema de Siria a bombazos, sería bueno que leyera «Sobre la paz perpetua«, un pequeño libro que simula ser un tratado internacional entre las naciones y que, por ejemplo, exige que para declarar la guerra un gobierno tenga que consultar a todos los ciudadanos:

En la constitución republicana no puede por menos de ser necesario el consentimiento de los ciudadanos para declarar la guerra. Nada más natural, por tanto, que, ya que ellos han de sufrir los males de la guerra -como son los combates, los gastos, la devastación, el peso abrumador de la deuda pública, que trasciende a tiempos de paz-, lo piensen mucho y vacilen antes de decidirse a tan arriesgado juego. En cambio, en una constitución en la cual el
súbdito no es ciudadano, en una constitución no republicana, la guerra es la cosa más sencilla del mundo.

Curiosamente eso estas semanas no ha sido precisamente Albert Rivera quien lo ha propuesto. Albert Rivera se ha situado más bien en ese modelo no republicano en el que «la guerra es la cosa más sencilla del mundo». A veces que vote un pueblo es una garantía para la paz, según se desprende de un Kant muy anterior a nuestros conflictos pero que nos ayuda a descifrarlos.

No estaría mal que Albert Rivera leyera el breve y sencillo «Sobre la paz perpetua». Pero sobre todo, para dejar de mancillar la Ilustración, sería bueno que perdiera un rato con el artículo «¿Qué es la Ilustración?» que pone la base de los pensamientos emancipadores desde el siglo XIX: cambia el mundo pero se mantienen los objetivos del pensamiento emancipador de raíz kantiana: la libertad, la emancipación, la autodeterminación, que no haya una persona sometida a otra porque cada persona es un fin en sí misma: en su tiempo, Kant defendió a los jacobinos, claro. Hoy no defendería al IBEX.

Algunos de quienes rodean a Aalbert Rivera han manipulado esa defensa de la libertad como si se tradujera en que cada uno hiciera lo que le petara así fuera pasando por encima de quienes estén en peor situación (a eso le llaman hoy «liberalismo») pero se trata de todo lo contrario: de establecer las condiciones para que ningún ser humano esté por encima de otro; la libertad ilustrada de Kant es el sometimiento a la razón práctica, a la razón pública. Todo lo contrario de ese presunto «liberalismo» que hay bajo algunas consignas anaranjadas. Cuando propone como bien absoluto bajar impuestos también a las grandes fortunas porque si no se irán del país está diciendo que el común nos tenemos que sorprender a los caprichos e intereses de una minoría: eso no es «libertad» en sentido kantiano e ilustrado pues la libertad que no es universal no es libertad. La razón es la única guía de actuación, ese fue el fundamento posterior de la desobediencia civil a las normas injustas que Albert Rivera opone a la ley: nada más lejos del pensamiento kantiano e ilustrado.

No es un buen consejo ese «leed a Kant» de Albert Rivera que necesariamente viene de no haberlo leído. Hay libritos de Kant bastante legibles (ese «Sobre la paz perpetua» o el «¿Qué es la Ilustración?») pero al Kant más duro conviene leerlo y estudiarlo de la mano de maestros. Una buena guia para leer a Kant es aquel ensayo «Educación para la ciudadanía» sobre el que los medios que agasajan a Rivera mintieron diciendo que era un libro de texto sobre la asignatura: aprendería mucho con ese libro sobre el concepto ilustrado de ciudadano y su traslación al mundo actual. A la mayoría de edad llegamos gracias a que nos ayudan nuestros mayores a liberarnos, a ser mayores, a alcanzar la autonomía. Por eso es una desgracia ese mantra también empleado por Ciudadanos que dice que la Universidad tiene que estar condicionada por las demandas de las empresas. Sospecho que hay pocas empresas que busquen lectores de Kant. Las últimas reformas educativas han supuesto un progresivo arrinconamiento de la filosofía Pero si queremos una sociedad mayor de edad, libre… Quien crea sinceramente que es bueno leer a Kant para que nuestro pueblo aspire a la razón pública, a la libertad, a la emancipación defenderá reformar la educación no para someterla (más) al mercado sino para que sea un vehículo hacia la libertad.

Sin embargo, para esa ilustración sólo se exige libertad y, por cierto, la más inofensiva de todas las que llevan tal nombre, a saber, la libertad de hacer un uso público de la propia razón, en cualquier dominio. Pero oigo exclamar por doquier: ¡no razones! El oficial dice: ¡no razones, adiéstrate! El financista: ¡no razones y paga! El pastor: ¡no razones, ten fe! (Un único señor dice en el mundo: ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!) Por todos lados, pues, encontramos limitaciones de la libertad. Pero ¿cuál de ellas impide la ilustración y cuáles, por el contrario, la fomentan? He aquí mi respuesta: el uso público de la razón siempre debe ser libre, y es el único que puede producir la ilustración de los hombres. El uso privado, en cambio, ha de ser con frecuencia severamente limitado, sin que se obstaculice de un modo particular el progreso de la ilustración.

¿Qué es la Ilustración?, Emmanuel Kant