Carta a mi país
Desde pequeño me enseñaron que mi país era el de Isabel la Católica, Torquemada y Santiago Matamoros; un país de la uniformidad y la intolerancia, encerrado en sí mismo y anclado en el inmovilismo. Creíamos que nuestro país era el de Francisco Franco y José María Aznar, un país que quema a sus herejes, expulsa a sus distintos, responde con ira ante los avances sociales y científicos y trata de frenar la Historia para mantener las tinieblas y que no se vea cómo roban a la gente común. El país que nos contaron a mí, a mis padres, a mis abuelos es un país en el que cualquier atisbo de ilustración, de propuesta democrática, todo pensamiento avanzado era etiquetado como “extranjerizante” o, peor aún, afrancesado. Lo auténticamente español era lo reaccionario, lo melancólico, lo turbio. Nos dijeron que era el país del muera la inteligencia y vivan las caenas.

En un país así lo natural era resignarse a mantener nuestro oscuro curso, asumir que en el ADN de nuestro país estaba el atraso, la pobreza, la entrega del país a una corte ladrona e ineficiente a la que nuestro pueblo nunca pondría en su sitio porque en un país como éste su sitio era, por naturaleza, el poder.

En algún momento descubrí que ese país era falso. Mi país también es el del Toledo donde convivía gente diversa, el país de pensadores como el judío Maimónides y el musulmán Averroes, el país de Blanco White y Joaquín Costa. Es un país que tuvo un presidente almeriense como Salmerón, que prefirió dimitir a firmar una condena a muerte, a Pi i Margall, que entendió nuestra pluralidad y pensó un federalismo en el que fuéramos libres estando juntos. Es uno de los primeros países en que las mujeres pudieron votar y los homosexuales casarse en igualdad, el país de Manuel Azaña, de la defensa de Madrid, el país que vivió en las Brigadas Internacionales el más hermoso movimiento de solidaridad internacional que se recuerda y el país del que años después salieron las personas que liberaron París del nazismo. Es el país en que nuestros padres y abuelos se jugaron la libertad y la vida por la democracia y la justicia.

Nuestro país no es un país que se resigna, nos vendieron un país falso y lo sabemos. Cuando en 2011 las portadas de todo el mundo mostraban las plazas de nuestras ciudades llenas de gente diversa, con orígenes plurales, nuestro país gritó que no, que este no es un país resignado, que hay un pueblo rebelde que quiere coger las riendas, que no admite que una pequeña minoría lo trate como a un pueblo menor de edad para robarle y empobrecerlo, un pueblo que se quiere libre e igualitario, fraternal y diverso. Un pueblo que paraba desahucios, que no se dejaba arrebatar la sanidad, la educación, el agua. Un pueblo digno decidido a sustituir de una vez las tinieblas y el saqueo por democracia y derechos humanos.

Nos quisieron resignados a una normalidad humillante. Pero aprendimos que no hay ninguna razón para no creer que sí, que se puede cambiar el país, que no tenemos por qué dejarnos robar ni dejar a nadie en ninguna cuneta. Recuperamos derechos, desenmascaramos traidores, pusimos ayuntamientos al servicio de su gente y cambiamos la tristeza en la que nos querían por la alegría decidida por el cambio.

Nos quieren tristes y resignados pero nos tendrán alegres con la firme voluntad que da el saber que sí se puede. Este domingo recuperaremos la luz, la alegría, recuperaremos un país avanzado, próspero, libre y justo. Nos quisieron engañar, pero el domingo vamos a recuperar nuestro país.

Hugo Martínez Abarca