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Se cumplen cien días de las elecciones y quedan unos treinta para poder llegar a un pacto de investidura. Cien días son pocos y sin embargo es fácil olvidar la cronología. Y olvidando cómo han sucedido las cosas es difícil comprenderlas.

Es sencillo olvidar que en los primeros días nadie se movía salvo Susana Díaz, que anunció que el PSOE no podía gobernar ni llegar a un acuerdo que se apoyara en los votos de ningún partido que aportara soluciones al conflicto catalán distintas a decir que no y esperar a que se pudra el problema como Rajoy. Suena como un recuerdo remoto, pero en aquellos días la prensa de orden se agarró a una propuesta del programa de Podemos (intentar solucionar el conflicto catalán votando) elevándolo a única prioridad de Podemos. Nadie de Podemos había dicho que ese fuera el centro de un posible acuerdo pero eso al coro no le importaba demasiado.

De los episodios que más olvidados tenemos es aquel viaje de un rebelde Pedro Sánchez a Portugal. Se hizo unas cuantas fotos y su mensaje era claro: voy a intentar un gobierno a la portuguesa. Fue a principios de enero y es difícil creer que Pedro Sánchez no conociera el reparto de escaños en el Congreso: con los mismos números lo que el aparato de propaganda denuncia hoy como imposible no sólo era posible sino que eran las fotos de su apuesta. Nadie hablaba entonces de los mantras actuales (gobierno transversal, mestizaje político) seguramente porque nadie había echado números en un sorprendente ejercicio de dejadez.

Durante aquellos primeros días no hubo un solo movimiento para lograr un gobierno. Sin embargo sí hubo un gran acuerdo sobre “sillones”: el PSOE, Ciudadanos y PP se pusieron de acuerdo para el reparto de la Mesa del Congreso. El PSOE obtenía el sillón mayor (la presidencia), Ciudadanos obtenía un sillón extra con respecto a los que le tocarían y el PP se garantizaba una mayoría de bloqueo con Ciudadanos, su aparente aliado preferente hasta que alguien ordenara lo contrario. Era un acuerdo de sillones que distorsionaba la representación. Entonces el aparato de propaganda puso en marcha tres mentiras: que Ciudadanos había logrado por primera vez que PP y PSOE se pusieran de acuerdo (siempre se ponían de acuerdo en esto: cuatro años antes acordaron una mesa que excluyera a IU de la mano de CiU), que PP y PSOE no habían llegado a un acuerdo entre sí (era obvio, y ya nadie lo ocultaría, que fue un acuerdo a tres) y que la Mesa del Congreso apenas tiene funciones.

Tras esas semanas de guerras internas en el PSOE, chalaneos y fotos, el primer movimiento para formar un gobierno lo hizo Pablo Iglesias haciendo una propuesta de gobierno de coalición al PSOE en el que participaran Podemos, sus confluencias e Izquierda Unida presidido por Pedro Sánchez pese a que su partido sumará menos votos que el resto de partidos de gobierno. El descoloque fue tal que un día después de anunciar que se presentaría a la investidura Rajoy renunció a hacerlo por esa propuesta de Podemos. El aparato de propaganda giró el discurso: ahora resultaba que la propuesta de Podemos era un chantaje y una humillación al PSOE. No se decía ni que no sumara ni que Podemos sólo quisiera sillones, sólo resultaba una cuestión aparentemente moral.

Más allá de esa propaganda ni PP ni PSOE movieron un músculo para lograr la investidura de nadie. El nuevo mantra del PSOE era que, no se sabía por qué, era tiempo de Rajoy y era Rajoy quien tenía que hablar con gente. Seguía corriendo el reloj.

Cuando finalmente el rey decidió proponer a Pedro Sánchez para investidura por fin empezó a moverse. Y no lo hizo hacia Portugal sino hacia donde semanas antes le había exigido Susana Díaz. Hacia Ciudadanos. Hacia una opción que sólo sumaba si el PP la apoyaba. Izquierda Unida hizo una inteligente propuesta de mesa a cuatro pero el PSOE cerró un acuerdo con Ciudadanos cuya puerta de entrada era el cumplimiento del pacto de estabilidad de la mano del bloqueo real de los ingresos públicos: esto es, más recortes por mucho que se mencionara un catálogo de propuestas sociales imposibles con ese presupuesto económico.

A partir de ahí, ya es más fácil de recordar, el PSOE le dijo a Podemos que se tragara ese acuerdo o estaría traicionando a sus votantes, apoyando a Rajoy, haciendo el juego a la derecha. Pedro Sánchez descubrió que los españoles habían votado “transversalidad y mestizaje” (salvo con los nacionalistas, cuyo mero voto a favor intoxica todo gobierno: mestizaje sólo con “el Partido Popular con 20 años menos”; tampoco se sabe por qué no mestizaje con “el Partido Popular con 20 años más”) y se exigió un cheque en blanco a un gobierno del PSOE en solitario (toda propuesta de coalición es “pensar en sillones”; exigir el sillón presidencial para Pedro Sánchez, en cambio, es altura de miras). Todo ello, por supuesto, no era un chantaje ni una humillación como aquella propuesta de coalición presidida por Pedro Sánchez que hizo Podemos.

Pasados cien días el bodevil no tiene más recorrido. Hay dos posiciones que están claras y con las que hay que hacer números. El Partido Popular no va a apoyar un gobierno que no encabece alguien propuesto por ellos. Y Podemos no va a someterse al chantaje de apoyar un gobierno cuyas políticas económicas sean continuistas con las que nos han traído hasta aquí y va a exigir garantías de que las promesas del PSOE por primera vez en cuarenta años no sean traicionadas. De eso ya se ha dado cuenta todo el mundo (confieso que yo pensaba que el PP sí podría apoyar un gobierno de otros si era menester).

Así las cosas hoy ese acuerdo entre PSOE y Ciudadanos no sirve de nada: ni siquiera ya para calmar a Susana Díaz. Sólo hay tres opciones: o un gobierno de cambio real (como al que decía apostar Pedro Sánchez en su viaje a Portugal en enero) en el que se encuentren el PSOE, Podemos, Compromís e Izquierda Unida y al que apoyara quien quisiera o un gobierno continuista con PP, Ciudadanos y PSOE o elecciones (con sus correspondientes guerras de sucesión en PP y PSOE).

Hoy se baja el telón: no por los cien días sino por la reunión entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Es cierto que pese a su mal resultado electoral el PSOE ejerce de bisagra privilegiada: nadie más que el PSOE (y en concreto Pedro Sánchez) puede elegir entre las tres opciones. Durante estos cien días hemos visto demasiados ejercicios florales y juicios solemnes presentados como verdades eternas que cambiaban a los quince días por la verdad eterna contraria. Ya no hay tiempo para teatro. Da tiempo de sobra para poner en marcha un gobierno que haga muchas cosas, no todas cuantas serían deseables pero sí muchas que no habríamos imaginado en tiempo.

Está en manos de Pedro Sánchez rendirse a la inercia sumisa y conservadora que ha llevado al PSOE a sus peores resultados o ser valiente, desobedecer a los poderes tóxicos que intentan controlar su partido y recuperar las razones por las que mucha gente honrada y socialista le ha votado. Y si no, nos dejamos de teatros y vamos preparando la campaña electoral: sólo hará falta saber quién consigue salir en los carteles de cada partido, que quizás haya sido de lo único que se ha tratado todo este tiempo.