Hace una semana estuve en Telemadrid y una periodista (digamos que cercana al Partido Popular) me preguntó por mi posición sobre la candidatura de Otegi por EH Bildu. Contesté que obviamente no era la candidatura que yo votaría pero que como demócrata prefería que fueran los vascos quienes decidieran por fin con libertad y en igualdad de condiciones quién les representa. La periodista me contestó que si no me daba cuenta de que eso hacía perder votos a Podemos fuera de Euskadi y que «Podemos nunca termina de atreverse a…. [no explicó a qué no terminaba nunca de atreverse Podemos, no fuera a ser mentira] como cuando Pablo Iglesias dijo que Otegi era un hombre de paz«. Ayer volví a ver un mantra casi idéntico en twitter, esta vez de mano de Toño Fraguas:

Da igual que nunca nadie de Podemos haya dicho que Otegi sea un hombre de paz y que la primera persona que dijo algo análogo fuera Zapatero. Se trata de una burda manipulación continuadora de aquella con la que atacaron a Zapatero convirtiéndolo en un cómplice de ETA («Usted ha traicionado a las víctimas», «zETAp»…) y que con el mismo rigor ataca ahora a cualquiera que se salga del guion: muchos se dieron cuenta de la obscenidad que era cuando se dirigía contra Zapatero pero han olvidado cómodamente para reciclarla ahora contra Podemos. En todo caso es más importante la otra parte del mantra: la de que eso quita votos.

Desde que apareció Podemos con la apuesta teórica que hacían sus dirigentes, se ha instalado la inquietud contra «los populistas». Da igual que nada tenga que ver una aproximación teórica al populismo (más bien sinónimo de la desgastada por abuso «democracia»). Quienes tertuliean contra el «populismo» se refieren a esa forma de hacer política en la que todo vale con tal de arrancar votos: hay que hacer el discurso propio de la taberna, codo apoyado en la barra y otro sol y sombra, por favor… y así se llegará lejos. Las propuestas de recuperar derechos sociales y económicos, la defensa de la soberanía popular… se despachan sin discusión argumentada con un «qué peligroso es el populismo» y santas pascuas.

¿Qué aconsejaría a una fuerza política estatal esa apuesta por el discurso tabernario? Probablemente la sociedad española no sea tan poco cívica como la quieren caricaturizar y entienda que no vale todo abuso del Derecho, que como sociedad ganamos más con elecciones inmaculadas y libres y que, sobre todo, la historia de la violencia y la confrontación en Euskadi es una página que debemos leer para no olvidar pero que tenemos la inmensa suerte de, por fin, poder superar. Pero, en definitiva, podemos intuir que es más sencillo en términos demagógicos un «Otegi que se pudra en la cárcel«. ¿Donde están los «peligrosos discursos populistas«? No, desde luego, en quienes no ocultan su discrepancia con ese discurso de brocha gorda autoritaria.

El azar ha querido que la inhabilitación de Otegi coincida con la firma del acuerdo de paz en Colombia. Allí, por supuesto, también sufren ese discurso tabernario que hace a Santos cómplice de las FARC: Uribe (amigo y socio de Aznar, Cifuentes…) está haciendo campaña contra la paz y no es evidente que ésta vaya a ganar el referéndum anunciado. Pero cualquier persona con un mínimo de decencia aplaude el acuerdo como una de las noticias más positivas en lo que va de siglo en todo el mundo y desea que salga adelante y la sociedad colombiana pueda, por fin, instalarse en la paz y la democracia sin que la violencia sirva nunca más de coartada a quienes saquean y recortan derechos y libertades a todos los colombianos. Seguramente habrá muchos que no se sientan cómodos viendo a guerrilleros haciendo política con libertad, como no faltarán quienes piensen que gente como Uribe tendría que pagar por no pocos crímenes.

Siempre fue más fácil cacarear discursos autoritarios que defender la convivencia, sobre todo porque ella, como los derechos humanos, son especialmente importantes con los enemigos. Siempre es más fácil un que se pudran en la cárcel, si no les gusta España que se jodan, discursos que se pueden expresar incluso con tal sutileza que puedan parecer una forma de republicanismo cívico. Pero quizás de lo que se trate no es de anclar a nuestros pueblos en conflictos innecesarios sino en avanzar hacia una sociedad en la que convivamos con más fraternidad y que no otorgue excusas al saqueo social y democrático. Y si eso no es «populista», qué se le va a hacer: no os preocupéis, que nos lo seguirán llamando. Nuestro populismo no es el del «todo vale para arrancar un voto» sino el de la defensa de un pueblo para construir democracia, libertad, igualdad y fraternidad. Por difícil que resulte a veces.