Ayer publicó Pedro Vallín en La Vanguardia un estupendo artículo (“Gramática parda para la galaxia Podemos“) analizando apasionadamente pero con rigor en vez de vísceras las dos polémicas que han centrado los debates de este verano en el espacio heredero del 15M; son polémicas, por cierto, cuya forma muestran cierta ansiedad colectiva que recuerdan demasiado al desasosiego por el vacío político previo al 15M. La primera polémica la generó el libro de Daniel Bernabé, “La Trampa de la diversidad” fundamentalmente sobre qué identidad o identidades son útiles para la emancipación. La segunda la han generado los artículos de Manolo Monereo, Julio Anguita y Héctor Illueca sobre el gobierno italiano, sus políticas económicas y su relación con la Unión Europea.

No he leído el libro de Bernabé, por lo que no sería sensato que opinara sobre la polémica. Sin embargo por lo que he leído (y creo que esto es importante para matizar el artículo de Vallín de ayer) entiendo que su centro es el debate sobre la identidad (que es el tema de la política) lamentando que la multiplicación de identidades desdibuje a la identidad de clase, que sería una identidad objetiva, la de verdad. Creo que, a diferencia de lo que empapa el artículo de Vallín ese no es el tema que mueve a Monereo, Anguita e Illueca, que no se centran en la identidad de clase sino en la popular en búsqueda, precisamente, del principio democrático. Y que el problema no es en este caso el tipo de identidad sino su escala (la europea o la nacional).

Esa brecha diría que tiene más que ver con otros de los elementos que señala Vallín: la oposición política entre el principio liberal y la política neoliberal. España es de los pocos países de Europa en los que la derecha incluso cuando se endurece (como en estos meses) es profundamente neoliberal; y además el principio liberal (la defensa de los derechos humanos colectivos e individuales) está nítidamente ubicado en lo que imaginamos como la izquierda. De ahí la dificultad con la que miramos a Marine Le Pen o el llamado Decreto de la Dignidad, que proponen cosas que en España no tendrían quien las defendiera. Y probablemente también tenga que ver con que la oposición a las políticas antisociales de la Unión Europea nunca haya ido de la mano de una oposición a la Unión Europea, contemplada (razonablemente o no, es irrelevante) como garante del principio político liberal.

Las propuestas de Monereo, Anguita e Illueca no habrían generado tanto ruido hace pocos años. El porqué lo generan ahora seguramente tiene que ver con que la emergencia de esa extrema derecha moderna, inteligente y compleja hoy claramente es un riesgo real en Europa y fuera de ella, mucho más que un sorprendente espacio político en parte exótico y hasta parcialmente atractivo.

Europa, más que la democracia, es la línea de fractura: de ahí que en realidad el centro de discusión sea la afirmación de  Monereo, Anguita e Illueca que no comentan la cuestión de la inmigración porque en ella no se diferencia el gobierno italiano de la Unión Europea: en la vulneración de derechos no se diferenciaría Bruselas de Roma.

Probablemente sea un error mirar a Europa con el mismo ojo que hace cuatro o cinco años. Por la fortaleza de los bloques de extrema derecha y por la sensación de debilidad de los espacios emancipadores.

Que la emancipación sólo puede ir de la mano de la democracia (y la democracia sólo es posible con soberanía popular, sea de ámbito geográfico mayor o menor) y del pleno cumplimiento de todos los derechos humanos para todas las personas debe estar fuera de la discusión y diría que lo está. Lo que tocaría debatir con cierta profundidad y cabeza es si en 2018 podemos reivindicar un soberanismo frente a Europa o si no sería mucho más eficaz la aspiración a frentes democráticos más europeístas que Europa. Porque el fascismo nunca fue imbécil; y casi nunca se mostró abiertamente antisocial sino más bien al contrario. Si lo que emerge en varios países de Europa (y EEUU) es fascismo o no es un debate bizantino; no lo es, en cambio, que es lo contrario al cambio emancipador al que aspiramos.