Desde hace un tiempo han decidido que quienes no somos “españoles de bien” no celebramos la navidad, no ponemos belén… Decidieron que esos belenes que ponía el Ayuntamiento de Madrid no existían, que cuando felicitamos las fiestas en realidad lo que estamos haciendo es negarnos a felicitar las navidades, que andamos amargados estos días por nuestro odio antiespañol, anticristiano, antioccidental…

Hace falta un estricto protocolo para que los tristes no vean cosas raras. Como Pedro Sánchez puso un tuit deseando felices fiestas, Teodoro García Ejea (el señor ese que pone un belén a gritos porque somos españoles) respondió con otro tuit: “En Navidad celebramos el nacimiento de Jesús, se cantan villancicos y se pone el Belén. Eso es la Navidad, al que no le guste que haga como Pedro Sánchez y lo llame de otra forma.

Supongo que esta gente tiene pocos amigos. O pocos amigos que no sean exactamente como ellos.

Se sorprenderían al ver que precisamente los descreídos tendemos bastante a celebrarlo todo, a festejar, a aceptar cualquier excusa para estar alegres. Ya sea navidad, halloween o san kanuto: toda excusa es buena para juntarse y disfrutar. Y no necesitamos tanto protocolo. En navidad, por ejemplo, si nos apetece celebramos lo que nos apetece, cantamos lo que nos apetece y decoramos la casa como nos aptece. Y a todo eso lo llamamos, también, como nos apetece.

Son los tristes los que andan atados. Los que necesitan ese protocolo absurdo, los que andan examinando cómo celebran las cosas, cómo las llaman… El pobre Bertín Osborne no puede dar ni recibir regalos de Papá Noel porque es gordo y extranjero, a diferencia de los apolíneos vallisoletanos Melchor, Gaspar y Baltasar.

Es una pena ser un triste: yo tengo en casa un estupendo belén de playmóbil que lleva cinco años creciendo y con el que jugamos todo diciembre, un árbol de navidad bien majo, ayer vino Papá Noel con algunas cositas, en un par de semanas vendrán los reyes con otras y no encuentro mala ninguna excusa para celebrar cosas, para estar alegres, para disfrutar. Que se aparte de mí quien esté molesto por pasarlo bien porque una fiesta es importada, ajena o lo que sea. Si alguien nos trae la fiesta, bienvenida, siempre que no me digas cómo me lo tengo que pasar bien.

Pobres tristes, que andan amordazados hasta en sus celebraciones. Cuando se den cuenta de lo divertido que es disfrutar sin examinar por qué ni cómo se está alegre ni exigir a los demás que se aten a sus rígidos protocolos van a ser mucho más felices.