Soy hombre, heterosexual, blanco, nacido en España, en Madrid. Si me hubiera conservado católico creo que pertenecería a todos los colectivos que gozan de ciertos privilegios (frente a quienes son otra cosa) por razones no directamente materiales.

La primera vez que fui consciente de que alguien estaba intentando convencernos de que no sólo no vivíamos con una comodidad injustificablemente superior sino que nos estaban persiguiendo fue cuando se eliminó la discriminación en el matrimonio (cuando se aprobó el matrimonio homosexual, como decíamos en 2005).

La campaña de odio (manifestaciones, recursos judiciales, propaganda) lanzadas por el PP y la Conferencia Episcopal intentaron convencernos de que la familia (el único modelo de familia aceptable: el matrimonio entre un hombre y una mujer, preferiblemente por la Iglesia) estaba en peligro y que estaban convirtiéndonos a los heterosexuales en una especie perseguida y en extinción. Era una gilipollez notable, pero lo insistían machaconamente. Era difícil que nadie que no estuviera cegado por el odio sintiera que le quitaban nada por que le dieran a otros el mismo derecho que ella a ser feliz, que no le negaran los mismos derechos que teníamos los heterosexuales. Tan insostenible era la memez que hoy hasta Vox trata de ocultar tras eufemismos (¡la familia natural!) qué haría con el matrimonio si gobernara, porque probablemente ni los jóvenes más ultras conciben una vuelta atrás. Pero entonces ya nos lo contaron: los heterosexuales estábamos perseguidos.

Nos han contado que en España estábamos discriminados los españoles porque a los inmigrantes se le daban ayudas (subvenciones, trabajos, plazas en escuelas infantiles…) que los españoles no teníamos, que los castellanoparlantes estábamos discriminados, que los católicos sufren una persecución (no en Irak tras la invasión de las Azores, donde sí se ha dado de forma terrible, sino aquí, en España), que a los gitanos no se les puede regañar en el cole ni encarcelar porque te buscas un lío, pero si tú hicieras lo que hacen ellos, yo no soy racista pero ya verías tú.

Probablemente nos hayan contado mil razones más por las que colectivos injustamente privilegiados en realidad deben (debemos) sentirse perseguidos porque los discriminados están consiguiendo conquistar cierta igualdad o simplemente para justificarnos la permanencia de la injusticia. Probablemente me hayan pasado desapercibidos por lo naturalizados que llegamos a tener ciertos privilegios.

La última razón para sentirnos perseguiditos es ser varón. Sería absurdo enumerar las razones por las que los varones vivimos con más comodidad. Desde la ausencia de miedos a agresiones a la exhibición de atención preferente cuando hablamos, pasando por los innegables mejores salarios en términos estadísticos o… Hay mil rincones en los que vivimos mejor y de esos mil seguramente yo no haya percibido novecientos de puro interiorizados. Que las mujeres las que sufren innumerables discriminaciones por su género es una obviedad para cualquier bípedo.

Y sin embargo llevamos un mes de bombardeo propagandístico sobre que estamos perseguidos, que nos matan como a ellas pero hay una conspiración para ocultarlo, que hemos perdido la presunción de inocencia, que el feminismo nos arrincona, nos criminaliza. Que tenemos indefensión en los juzgados cuando nos acusan caprichosamente de violencia machista (¿a qué hombre no le han acusado de matar a una mujer o de violación? Mira la pobre Manada), que con ese feminismo politizado parece que los hombres seamos culpables de algo por el hecho de ser hombres.

Los argumentos por los que los hombres estamos perseguiditos son tan gilipollas como aquellos de hace una década que nos convencía de que los heterosexuales estábamos perseguiditos. Probablemente estemos ante el canto del cisne de un machismo asustado por la velocidad a la que el feminismo ha decidido que la igualdad entre hombres y mujeres es inaplazable; o quizás, como escribía ayer Santiago Alba Rico, que “lo normal, tras varios milenios de patriarcado, es ser machista“.

No sé. Puede haber mil razones para que aparezcan de golpe estos alaridos machistas. Pero no nos cuenten que estamos perseguidos, que los discriminados somos nosotros. Que podemos tener privilegios, pero no somos gilipollas.