Según cuenta esta mañana El País, el gobierno de Donald Trump avisó a España y al resto de la Unión Europea de lo que iba a pasar en Venezuela y, sobre todo, dictó lo que tenían que hacer nuestros gobiernos.

Antes de que Guaidó se autoproclamase presidente venezolano en una manifestación, el gobierno de Trump ya lo había comunicado a España. En esto lo que ha pasado en Venezuela es idéntico a todos los golpes de Estado que impulsaron las embajadas de Estados Unidos en América Latina en el siglo XX. Eso, con todo, no puede sorprendernos: nadie pensó que Donald Trump fuera a extender la paz, la armonía y la convivencia por el mundo y Venezuela era un lugar especialmente propicio para que echara gasolina.

Cuenta El País que el gobierno de Trump exigió al español y a los demás gobiernos europeos que “rompan cualquier canal de diálogo con Nicolás Maduro. “Tenemos mucha presión, no les voy a decir de quién, pero se lo pueden imaginar, para que votemos en contra de la creación de este grupo”, admitió el ministro de Exteriores, José Borrell, en el Congreso. Aludía al grupo de la UE para propiciar el diálogo en Venezuela.

La posición española, la europea, era la única sensata sobre Venezuela: buscar un diálogo que permita recuperar la convivencia y el marco democrático mediante elecciones reconocidas por la gran mayoría de venezolanos.

Pero por encima de todo: era la posición que había adoptado Europa (y España) desde su soberanía. Uno de los rasgos clave de la soberanía nacional es la política exterior. Y en las últimas semanas nuestros gobiernos (el español fundamentalmente) ha decidido renunciar a esa cuota de soberanía nacional y hacerlo no por un bien mayor, no por la paz, la democracia y la convivencia sino por el puro sometimiento al gobierno matón que se ha instalado en Washington.

Se ha quedado una buena mañana para comprobar quién defiende la soberanía española, quién defiende los valores europeos, que no son el golpe de pecho y la bravuconada incendiaria sino la fraternidad, la libertad y la igualdad.

Europa y España han recuperado uno de sus problemas más tristes: la renuncia a ser protagonistas de la escena internacional, algo que en América Latina es especialmente lamentable para España. Una buena razón para ser europeístas en el siglo XXI es que es la única forma de conseguir algo parecido a la soberanía, a una autonomía política y económica frente a los colosos de la geopolítica. En Venezuela nuestros gobiernos han decidido que de momento no, que de momento seguimos al servicio del matón del poblado.