Cuando en Andalucía Vox obtuvo doce diputados y PP y Ciudadanos le dieron la llave del gobierno andaluz hubo quien decretó una pomposa alerta antifascista. Estaría dispuesto a discutir si Vox es un partido fascista: el fascismo tenía un aparato intelectual sofisticado, no era conservador ni mucho menos, tenía un componente social organicista… pero es cierto que la versión cutre e iletrada de fascismo que se impuso en España y la tecnocracia de la segunda mitad de la dictadura de Franco difuminaba las fronteras del fascismo. El fascismo español fue a otros fascismos lo que la película Raza (José Luis Sáenz de Heredia) a Olympia (Leni Riefenstahl). Una regla de tres que se mantiene hoy comparando a Abascal con Marine Le Pen. Nuestra ultraderechita es gritona pero mucho más boba.

Es un poco irrelevante si académicamente es correcto llamar a Vox partido fascista o es otra cosa: Vox es un partido que se opone a las libertades y a las conquistas democráticas, que rechaza abiertamente derechos humanos y que por tanto es enemigo de cualquier demócrata y de cualquier liberal. También de cualquier europeísta y de quien no sea extremadamente nacionalista. Eso es más importante que cuál sea la etiqueta que otorguemos a Vox.

Pero detengámonos en esa alerta antifascista. ¿Suponía algo más que otra expresión altisonante y estrafalaria? Porque la experiencia histórica nos dice que las alertas antifascistas llevan a frentes antifascistas amplios y con sorprendentes alianzas. A nadie le pareció mal que Churchill y Stalin fueran de la mano porque había una alerta antifascista. Nadie dijo que Churchill fuera lo mismo que Mussolini o que como el enemigo era el comunismo hubiera que aliarse con los fascistas. O mejor: sí lo dijeron (en Polonia unos, en España otros) hasta que se dieron cuenta de que la cosa iba en serio, y decretaron esa alerta antifascista que uniera a Churchill, Stalin y a todo lo que hubiera en medio.

No son tiempos de melodramas. Bastantes problemas tenemos como para agigantar a Vox, que es mugre política, que puede ser tremendamente tóxica. Pero que con el 28 de abril y el 26 de mayo probablemente ya haya empezado su pinchazo nada más irrumpir. No tenemos una alerta antifascista pero sí un partido enemigo de la democracia y las libertades que puede tener mucho poder institucional si Ciudadanos prefiere ser Pétain que Churchill. O, por ponerlo en términos más reales: si prefiere ser Rosa Díez que Macron o Merkel.

No necesitamos alertas antifascistas pero sí la mayor defensa de la democracia, de nuestros derechos, de las conquistas de estos años. Felizmente podemos defender todo eso con votos y escaños. Desgraciadamente no con los que nos inventemos sino con los que hay en realidad.

En Madrid cabe evitar que un partido antidemócrata, machista, xenófobo, ultranacionalista, profundamente reaccionario… esté al mando de facto de la Comunidad de Madrid y de nuestro Ayuntamiento. En el mismo paso, además, se mandaría a la oposición al partido más corrupto de Europa, al que ha saqueado nuestra agua, nuestra educación, nuestra sanidad… al que tiene a todos sus presidentes y secretarios generales señalados por la corrupción, en el banquillo, en la cárcel o en un justísimo ostracismo.

Si el PP no consigue los gobiernos madrileños tras su debacle electoral quedará destruido: no sólo por los sueldos que no podrá pagar, sino por la cantidad de gente que empezará a contar cosas si el partido no es capaz de incentivar su silencio.

Ciudadanos está, probablemente, ante su última oportunidad tras el fracaso intentando ser el rey de la plaza de Colón. Puede convertirse en el único superviviente del naufragio de Colón o ser el salvavidas del PP dándole respiración asistida precisamente donde más podrido está. Debe decidir si hace caso a las presiones mediáticas del pesebre del PP o si quiere construir un partido con futuro. No soy nada optimista con que Ciudadanos sea racional (incluso en el sentido más egoísta), pero si lo fuera los madrileños se verían muy aliviados.

Si fuera religioso me opondría a un diálogo con Ciudadanos para evitar que el odio y la corrupción gobiernen en Madrid. Las religiones nos cuentan que hay dioses que exigen a hombres que maten a sus hijos para demostrarles obediencia, que es mejor dejarse comer por leones que cometer un pecado de obra o pensamiento. Pero en política el pecado es precisamente no cuidar a los hijos, a la ciudadanía.

No se puede estar con una alerta antifascista y con una alerta antiherejía a la vez.