Un objetivo que me he trazado como ser humano es que nunca deje de asombrarme el desprecio y la arrogancia con los que trata Inés Arrimadas a cualquiera que no sea ella misma o quienes dicen exactamente lo mismo que ella. Es normal que Albert Rivera se niegue a sentarse siquiera a hablar con nadie que no sea del PP ni de su núcleo íntimo de Ciudadanos: todos los demás somos fascistas, totalitarios, populistas, etarras, rancios, vagos…

No sé quién le ha contado a los dirigentes y cargos públicos que son todos tan estupendos, tan inteligentes y tan admirables, pero sería un buen ejercicio de prudencia bajarse de esa atalaya. Precisamente los pocos dirigentes de Ciudadanos que no se han subido a ella, que debaten con normalidad e incluso con afecto, que intercambian opiniones como si el otro no fuera una mierda… suelen ser quienes más valía tienen personal e intelectual. Es cierto, también, que de esos cada vez les van quedando menos.

Ciudadanos se ha convertido en el pirómano recurrente que va al seguro a cobrar por el quinto incendio que ha provocado en un mes. No sólo agitan las llamas: también quieren la indemnización y se indignan si algún vecino no se pasa el día llorando por la mala suerte de que se incendie tanto la misma cocina.

Las semanas antes del 8M Ciudadanos se las pasó criticando a las feministas, no al machismo; las semanas antes del Orgullo Ciudadanos se las pasó criticando al movimiento LGTB+, no a los homófobos. Sí, Ciudadanos fue al Orgullo a provocar rechazo. Por eso se pasaron la semana anterior explicando que irían al Orgullo “le pese a quien le pese“, que en ningún caso eran los homófobos de Vox, a los que debería pesarles que sus socios fueran tan defensores de la libertad, la igualdad y la diversidad: no, a quien le pesaba era a los miles de manifestantes que este año ven cómo entran en las instituciones el odio, la homofobia, la vuelta al pasado y el recorte de sus derechos y que Ciudadanos los usa para trincar cargos de gobierno. Por eso, porque era lo que buscaban, han tenido que mentir y agigantar histriónicamente el rechazo que vivieron para contarnos una historia de terror que no les sucedió.

Lo que hemos sabido después explica esa estrategia tóxica que necesita un conflicto para ser la víctima que ocupe titulares durante unos días. Fue la estrategia de ir a Rentería y al pueblo de Josu Urrutikoetxea, calificada como un gran éxito porque salió mucho en la tele, en las portadas de periódicos afines y porque luego pudieron “alargar el efecto” atacando a Pedro Sánchez por sumarse a la campaña electoral de Ciudadanos.

El odio fascista que sufrieron las Rosa Parks de la democracia española a manos de esos activistas que coincidían en homosexualidad con los jerarcas nazis (todas estas gilipolleces las han dicho en serio diputados y senadores de Ciudadanos) ha sido un montaje. El informe policial que ayer dio a conocer El País acredita lo que todos vimos: que había mucho enfado, mucha provocación, que hubo una botella vacía de plástico a la que agarrar todo el victimismo y que o adornaban de literatura tragicocómica las pistolas de agua (que siempre mojan a los manifestantes, afortunadamente en la tarde de julio del Orgullo) o se quedaban sin “alargar el efecto“. En 2019 y cuando has calentado tanto tu presencia en una manifestación, si alguien te agrede, hay quince vídeos, tres heridos y cuatro detenidos. Y no: hay vídeos de enfado, algo desagradable en una mani que por supuesto es política pero suele ser festiva porque nunca nadie va “le pese a quien le pese”.

España ya tiene demasiados motivos de conflicto como para que venga nadie a vivir de echar gasolina a las brasas y añadir cerillas ardiendo donde no hubiera brasas. Probablemente el papel que ha decidido jugar Ciudadanos sea suicida electoralmente: España andaba huérfana de una derecha liberal, moderna y europea, no de matones de discoteca. Pero su previsible hundimiento es irrelevante salvo para ellos. Lo malo es que Ciudadanos está siendo un activo tóxico para la convivencia, un agitador del enfrentamiento, un puño de hierro con mandíbula de cristal que quiere ser el niño (ateo) en el bautizo y el muerto (sanísimo) en el entierro. Y eso no ayuda nada salvo a cuatro egos sorprendentemente encumbrados.