Se suele decir que en unas elecciones lo más importante es qué pregunta están contestando los votantes al introducir su papeleta. El 28 de abril la pregunta fue evidente: ¿Quieres que en España haya un gobierno controlado por la extrema derecha? Esa pregunta movilizó a millones de españoles, reduciendo la abstención al mínimo. Esa pregunta llevó al PSOE a la victoria y a Podemos a un resultado menos malo del previsible porque muchísimos votamos recordando el riesgo que teníamos y olvidando los motivos para no votarlos.

Si vamos a elecciones en noviembre, la pregunta será distinta. El fracaso de las negociaciones entre PSOE y Podemos es un disparate: nadie el 28 de abril por la noche dudaba de que se alcanzaría un acuerdo de gobierno; y quien intuyera dificultades las veía más por un posible ensimismamiento de los partidos independentistas que por un desencuentro entre PSOE y Podemos. Realmente hay muy poca gente a quien le importe lo más mínimo si vamos a un gobierno de coalición o no, que parece ser el motivo de los enroques. Nunca como en estas negociaciones había habido una exhibición de lucha por el cargo como prioridad absoluta; no sólo en las nacionales, también en las autonómicas y municipales, como evidencia el acuerdo entre PP y Vox con sólo tres puntos: el gran sillón para el PP, los sillones de Vox y el compromiso de ambos de guardar en secreto el acuerdo.

La pregunta que responderán millones de españoles si se repiten elecciones es “¿Estás harto de éstos?“. Y esa pregunta tiene respuestas mucho más complicadas que la del 28 de abril. Primero porque lo que generará es una altísima abstención y es absolutamente impredecible qué votantes se abstendrán. Y segundo porque los votantes menos incondicionales (la mayoría) del PSOE y también de Podemos tienen razones para estar muy enfadados con la irresponsabilidad absoluta que habría malbaratado el alivio democrático con el que toda España respiró el 28 de abril por la noche.

En enero de este mismo año, tras las elecciones andaluzas, parecíamos condenados a un gobierno de la derecha con la extrema derecha (o incluso viceversa). Hoy parecemos tener asegurada una mayoría demócrata y progresista. Y no es así en absoluto. Que no jueguen con fuego, que puede arder todo.