La historia es bastante conocida.

Hasta el siglo XII la elección de los papas se eternizaba y podía durar mucho tiempo hasta que los cardenales (o el cuerpo electoral que fuera, que la cosa fue variando) se ponían de acuerdo. Solían primar las pequeñas mezquindades y los intereses propios sobre los de la Iglesia, así que llegó a haber periodos de varios años sin que se alcanzara un nombramiento que reuniera la mayoría necesaria.

Cónclave“, la reunión que elige al nuevo papa, significa “con llave” porque a alguien se le ocurrió que, pese a que la elección la dictara el Espíritu Santo, quizás los canales de comunicación entre Éste y los santos electores sería más ágil si se les encerrara bajo llave hasta que alcanzaran el acuerdo necesario. En algún caso hasta se limitó el alimento que se les suministraba a sólo pan y agua alcanzándose así el milagro de la rápida interpretación del designio divino con una inmediata investidura papal.

El fracaso en la investidura en España no se debe en ningún caso a la dificultad de sumar una mayoría, sino a que los actores llamados a conformarla están absolutamente enrocados sin que en ningún caso parezca que sea la visión política de cada uno lo que impida el acuerdo. Cada uno está mirando supuestos intereses pequeños de partido o incluso internos al partido y por el camino los ciudadanos vamos viendo cómo podemos perder una ocasión histórica para avanzar en derechos y conquistas sociales, defender la democracia y modernizar el país.

No tienen derecho. No lo tienen. Porque no es incompetencia: es una decisión firme de enrocarse hasta que el otro pase bajo el futbolín en vez de lograr un acuerdo desde la colaboración real. Cabe pensar que la forma en la que tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias nos están conduciendo al desastre tiene que ver con cómo se han conducido en el gobierno de sus partidos, manejando como opciones sólo la victoria (sobre los supuestos compañeros) o la derrota. Ningún acuerdo humillante, ninguna derrota de aquel con quien toca colaborar, es fértil políticamente, sobran los ejemplos: tampoco un gobierno basado en un acuerdo que sea de facto la derrota de uno de sus socios tendrá el futuro que podría esperarse tras el 28 de abril. España necesita colaboración entre las fuerzas progresistas o muy pronto tendremos una crisis de la que sólo se beneficiarían Casado, Rivera y Abascal.

¿Sería mucho pedir que Iglesias y Sánchez se encerraran donde fuera con el compromiso firme de no salir de ahí sin un acuerdo? No sería mucho pedir pero no va a pasar. Porque la sensación evidente es que a ninguno de los dos les parece que revista una gravedad mayor seguir estirando la cuerda. Y se va a romper. Y da un poco igual que a ellos les acabe saliendo muy cara la ruptura de la cuerda, que les saldrá cara. Lo peor es el riesgo que corremos todos y que no tienen derecho a hacernos correrlo tras la voz de millones de españoles el 28 de abril: es intolerable que primen pequeños cálculos con los bárbaros a las puertas. Que se encierren, que no salgan hasta que lleguen a una fórmula para sacar adelante la investidura, que se dejen de argumentarios, relatitos y cuentas. Si no colaboran por el bien de su país que lo tengan que hacer por el propio.

Si no piensan en lo que le puede pasar a España, que piensen cuál puede ser su retrato ante la Historia el 11 de noviembre.