Lógicamente cualquiera que en 2019 tenga apego a la figura de Francisco Franco es, fundamentalmente, un cretino: basta escuchar un rato a las personas que han tenido que pasear por programas y tertulias en el último año y medio para que alguien defendiera el legado del dictador. Un pequeño grupo puede ser simplemente unos jetas, como esa familia multimillonaria gracias a todo lo que nos robó a los españoles el mayor asesino de nuestra Historia o esa fundación a nombre del genocida que conserva documentos históricos que deberían ser públicos.

Un caso intermedio es la organización que «mantiene el culto y sigue la evolución del pensamiento social» desde el Valle de los Caídos (también conocidos como monjes del Valle de los Caídos). Anunció por carta al Gobierno el cabecilla de la organización (alias, el prior) que no acata la ley ni la sentencia del Supremo según la cual los despojos del dictador descansarán con plena dignidad y mejores condiciones que la infinita mayoría de los españoles (no hace falta compararlo con sus víctimas aún en fosas y cunetas), pero no en el centro de un mausoleo público rodeado de miles y miles de cuerpos robados de víctimas de sus crímenes. La carta de este señor tiene la misma seriedad que si yo envío un burofax al alcalde Almeida anunciando que no acato la frecuencia de los semáforos de la calle en la que vivo y que voy a impedir que funcione a ese ritmo: seguramente me harían un examen clínico y en función del resultado decidirían dónde me encierran, pero el semáforo seguiría con la frecuencia que marcara la autoridad legítima.

El clímax cómico lo ha aportado un miembro de la organización irredenta al explicar que van a impedir que se cumpla la ley del Congreso y la sentencia del Supremo pero que no lo harán con la fuerza física: «No es necesario una resistencia física cuando hay fuerzas superiores, la providencia divina, que está ahí

No negaré la presencia de la divina providencia en el Valle de los Caídos: debo reconocer que la última vez que fui al Valle, en verano pasado, reconocí un qué sé yo bastante inquietante. Lo que es seguro desde que en el principio era el logos (Juan 1:1) es que si la providencia divina está ahí, está ahí. Y si está para impedir que se entierre a un genocida ¿cómo no va a estar para dar alimento, lavar la ropa, dar un vestuario apropiado a la organización, los cirios y quién sabe si las flores frescas que cada mañana alegran la visita de los friquis que por allí hemos pasado? No es necesaria una aportación monetaria de 340.000 euros al año aportados por Patrimonio Nacional de una república bananera cuando hay fuerzas superiores, la providencia divina, que está ahí. ¿Qué providencia divina sería ésta tan preocupada por la ubicación geográfica de los despojos de un matarife y no por los cuidados de una comunidad empeñada sólo en la oración y el pensamiento social?

Asombrosamente se ha apelado a la libertad religiosa como argumento para que Franco siga en Cuelgamuros en lugar de en Mingorrubio, como si en su situación Franco pudiera rezar en el Valle pero no pudiera hacerlo en la capilla que le espera en El Pardo. La única libertad religiosa que se está afeando es la de esa organización monacal: al aportarles esos 340.000 lereles entre todos al año estamos despreciando a la providencia divina en la que cree esta humilde y generosa organización. Es un insulto a esa providencia divina pensar que se va a ocupar de tumbas de asesinos y no de las necesidades básicas de esta bondadosa comunidad. Dejemos de insultar a la providencia divina, que si está ahí, ahí está.