A nadie se le ocurriría definir a alguien que afirme que La Tierra es plana como “escéptico de la esfericidad terráquea”; ningún creacionista recibiría el título de “escéptico de la teoría de la evolución”.

Un escéptico no es quien niega cualquier cosa sino quien exige evidencias empíricas antes de asegurar que sabe algo. Quien niega algo para lo que hay tal abundancia probatoria como la que hay de que el clima está cambiando a una velocidad sin precedentes fruto de la acción humana y que en caso de no detener tal cambio se destruirán muchos (más) modos de vida actuales no es “escéptico”: es o un chalado o un ignorante o alguien que miente a sabiendas para defender los intereses a corto plazo de una minoría privilegiada frente al futuro de toda la humanidad.

No niego que haya de los primeros (chalados e ignorantes) como los hay en cualquier otra materia: si hay Testigos de Jehova pasando días en la calle para intentar endosarnos una revistita que nos convenza de que es mejor dejarse morir que recibir tratamientos médicos eficaces, ¿cómo no va a haber quien se crea que efectivamente los paneles de datos científicos que evidencian la realidad no son más que montajes de Soros y el globalismo para que no cojamos aviones, desde los que veríamos los bordes de La Tierra?

Sin embargo, los voceros relevantes del negacionismo (cargos políticos, periodistas) saben que mienten con sus memeces. Decir, por ejemplo, que en otras épocas también hubo cambios climáticos es como negar que existan asesinatos porque de toda la vida de Dios la gente se ha muerto tarde o temprano; puede que haya quien se lo crea, pero nadie llega a presidente de los EEUU, de Brasil, dirige un partido con más de tres millones y medio de votos o se forra dirigiendo programas de radio y televisión siendo simplemente un imbécil.

Mienten a sabiendas. Y lo hacen como cuando los mismos niegan que exista una violencia específicamente machista, como cuando afirman que los extranjeros (de todos los países, sorprendentemente) delinquen más. Y como cuando tratan de convencernos de que las políticas sociales nos perjudican y que precisamente las políticas económicas que benefician a una pequeñísima minoría en realidad nos benefician a todos. Mienten, mienten a conciencia, mienten al servicio de una minoría que vive muy bien y mienten sin que les importa destrozar el futuro de la infinita mayoría de la población.

Ayer no faltaron menciones a los “escépticos” del cambio climático, que aprovecharon la inauguración de la COP25 para esparcir sus mantras. Maldito regalo que les hacen a estos jetas colocándolos en el sanísimo “escepticismo”. No son escépticos ni sus mentiras merecen más respeto que cualquier chaladura de las que relegamos (o aupamos, según cómo lo miremos) a programas de entretenimiento friqui. Llévenselos a La Isla de los Famosos, pero no nos los pongan en los telediarios. Que no son escépticos, son estafadores.